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Asumir el riesgo

18 - diciembre - 2016

Asumir el riesgo

Ignacio Rodríguez Coco

Domingo IV de Adviento – Ciclo A

Las lecturas de este domingo de Adviento nos hablan de la Encarnación de Dios. Es el milagro de un Dios que se hace hombre, de un creador que asume lo creado, convirtiéndose en su propia criatura, haciéndose uno con ella, compartiendo destino con ella, siendo ella.

Jesús es Dios, pero también es hombre, hijo de mujer, de María. Tiene su sonrisa, su boca, sus labios. Es un Dios creador del universo que mancha pañales y llora de hambre, frío o sueño. Y sonríe haciendo gorgoritos. Un Dios-bebé para comérselo y achucharlo, y entrar en comunión con él. Es la locura de amor de un Dios que asume el riesgo de hacerse uno de nosotros, asumiendo nuestra carne mortal, para demostrar su solidaridad con la vida del hombre, de principio (concepción) a fin (muerte en la cruz).

Esta locura se lleva a cabo y depende de tres libertades en juego. En primer lugar, es la locura de la libertad de Dios, quien por su cuenta, sin que nadie lo obligue, nos da una señal: la imposibilidad de una virgen que concibe en su seno. La concepción virginal no es signo de que el sexo sea malo (como algunos piensan), sino señal de que la salvación no es generada por el hombre ni es producto de su iniciativa, sino decisión libre de Dios. El hombre no puede darse la salvación a sí mismo, ni obligar a Dios a hacerse presente. Dios podría haberse quedado sentado en su trono mirando, sin inmiscuirse en la vida de los hombres, sin mancharse con su barro. La Encarnación es pura iniciativa divina, fuerza del Espíritu Santo, y no fuerza de la carne, ni impulso sexual humano. Sobrepasa toda esperanza y todo deseo, más allá de lo que cualquiera podía esperar.

De otro lado está la locura de la libertad de María, que podría haber rechazado la oferta tomándose la píldora anticonceptiva. Sabe a lo que se expone: su padre se disgustará, será una deshonra; y una denuncia pública de su prometido por adulterio podría terminar en apedreamiento en la plaza del pueblo. Lo mejor sería abortar, pero asume el riesgo y se fía de Dios.

La última locura es la libertad de José. Hombre práctico y más de mundo, no quiere cargar con un hijo que no es suyo, ni casarse con quien le ha puesto los cuernos. Lo legal sería denunciarla y que la lapiden. Pero lo mejor será sacarla de su vida en secreto. Al final decide fiarse Dios, llevar a casa a su mujer, y asumir el riesgo de que lo llamen loco y cornudo.

Hace dos mil años Dios se arriesgó a contar con dos chicos de pueblo sin muchas aspiraciones. Hoy nos vuelve a pedir colaboración para llevar a cabo su loco plan de amor.  Demasiado arriesgado para nosotros.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 18/12/16.

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