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Camino de contemplación

13 - julio - 2014

Camino de contemplación

Manuel San Miguel

En estos días pasados he conocido a una persona que me ha comentado: “A mí me encanta el verano”; lo decía con satisfacción. Observé que era muy friolero y por tanto no me ha extrañado su comentario.

Ciertamente nos encontramos en un tiempo nuevo y por estas latitudes después de un largo invierno y una reposada primavera el calor emerge de nuevo, impacta y parece que los días son de otra manera.

Para eso son las vacaciones, para disfrutar y gozar, pero sobre todo para contemplar. Miren, vivimos en una sociedad donde todo se fundamenta en el hacer; vamos de aquí para allá sin parar, con horarios rígidos, con exigencias que nos ponemos cada uno, con formalidades externas que tenemos que cumplir, con ritmos muy altos de competitividad y de resultados a todos los niveles. Por eso, no resulta raro que haya personas que no sepan manejar este ritmo frenético y que incluso llegue a desbordarles, de modo que, después, las consultas de los psicólogos están más que llenas.

En el proceso de maduración de una persona no sólo existe el hacer. Hay otros dos verbos más: el estar y el ser. De la actividad es importante pasar al estar. Son esos momentos de café, de leer un buen libro, de saborear una conversación con un amigo, de un buen paseo o ejercicio pausado, un pararse en la montaña o en el mar. Son esas pequeñas evasiones positivamente hablando.

Y de ahí, llegar a ser. Esto es más difícil. Creo que es un verbo que no se entiende, ni se vive, ni se practica. Porque vivir el ser es llegar a la esencia de la persona, a interiorizar lo que uno es en sí mismo, a descubrir sin tapujos tu propia identidad, a enfrentarse con las propias heridas de la vida, a reconocer mis pequeños o grandes fracasos. Para esto se necesita tiempo y aquí no valen consejos. Mucha gente utiliza el zen como método que sirve para profundizar en uno mismo.

En sentido cristiano, estoy hablando de contemplar, desde la oración y la meditación. Uno de los grandes padres del desierto como Casiano (s. IV) estuvo siete años como eremita en Egipto y allí en la soledad comprendió este verbo “ser”. Que lo unifica todo y llena el corazón.

Bastaría con pequeño tiempo diario para que nuestra vida se vaya transformando. Jesús en el Evangelio añade un verbo más a estos. El “permanecer”. No es otra cosa que ser fiel a uno mismo y sobre todo a Dios que por pura gracia nos envuelve, nos fundamenta, nos enriquece y da sentido a nuestra vida. Éste es el camino de contemplación que se nos ofrece y se nos regala. Una gozada. Así lo he vivido yo estos días.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 13/07/14

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