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Dios baja

15 - junio - 2014

Dios baja

Solemnidad de la Santísima Trinidad – 15 de junio

Ignacio Rodríguez Coco

La idea de que Dios es Dios y es santo, y de que ante su presencia el hombre queda anonadado por su condición de criatura y por sus pecados recorre todo el Antiguo Testamento. En la lectura de hoy, Dios está en lo alto del monte Sinaí y ante su presencia Moisés no puede sino echarse por tierra y suplicar en favor del pueblo para que Dios perdone sus culpas y pecados. Y el salmo afirma que “bendito es el Señor en el templo de su santa gloria, sobre el trono de su reino, sentado sobre querubines, en la bóveda del cielo, sondeando los abismos, y bendito su nombre santo y glorioso”.

Algunos se han quedado sólo con esta idea y nos han querido colar la imagen de un dios lejano que, al estilo de los dioses del Olimpo, se encuentra en el séptimo cielo deleitándose con las vidas sufridas y problemas de los hombres. Un dios-juez implacable que exige sacrificios humanos. Un dios, en definitiva, enemigo y opresor del hombre, al que no se le puede dirigir la palabra y del que ni siquiera sabemos su nombre. Está claro que un dios así no existe.

Pero la Sagrada Escritura nos dice que toda la historia de la salvación no es otra cosa que Dios saliendo en busca del ser humano e inclinándose para estar a su nivel y así poderlo sacar de la fosa en la que el pecado lo tiene hundido. La primera lectura nos habla de cómo “el Señor bajó en la nube y se quedó con él allí”. Dios se abaja y abre su misterio para que el pueblo, por medio de Moisés, pueda entrar en comunión con Él. Incluso Dios se deja llamar por su nombre (Yavé) como a un amigo. Pero, aunque Moisés puede ver a Dios, no es aún cara a cara. Habrá que esperar al evangelio de hoy para que Dios dé el paso definitivo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Aquí ya no hay nube, ni intermediario. Jesús muestra el rostro humano de este Dios que entrega lo que más quiere por amor al hombre. Dios se abaja hasta el nivel de su criatura hasta ser uno con ella en su Hijo (Dios-hombre), y así nos abre las puertas de su misterio trinitario, invitándonos a participar de “la gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo”. Dios ha revelado su nombre de forma definitiva: Yavé-salva (Jesús). “El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 15/06/14.

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