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El amor envolvente de Dios

25 - mayo - 2014

El amor envolvente de Dios

Antonio Jesús Martín de Lera

Domingo VI de Pascua – 25 de mayo

Los cristianos sabemos que no hay mandamiento mayor que éste: amar a Dios de todo corazón, y a los hermanos como Jesús nos ha amado y nos ama. El evangelio pretende decirnos que lo importante no es saberlo o decirlo: hay que hacer la experiencia y vivir amando como somos amados. Es necesario también que nuestro amor al prójimo vaya tejiéndose con rostros y nombres concretos.

Aceptar que somos amados y aprender a amar supone también ser conscientes de que el Espíritu ha hecho en nosotros su morada. El objetivo del Espíritu es educarnos y transformarnos en hijas e hijos del Padre semejantes a Jesús.

Si el hecho de saber que el Padre y Jesús nos aman entrañablemente y que el Espíritu de la verdad y del amor habita en nosotros nos deja indiferentes, quizás signifique que algo falla en nuestra vida de fe.

Los discípulos intuyen que dentro de muy poco Jesús partirá de su lado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a Él, incluso después de su muerte.

Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los envolverá y les hará vivir, pues los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará.

Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a Él junto a nosotros?

Hoy los creyentes necesitamos dar razón de nuestra esperanza como dice San Pedro en la segunda lectura. Dar razón de nuestra esperanza sólo es posible desde la presencia del Señor resucitado y del Espíritu de la verdad en nuestras vidas. Dar razón de nuestra esperanza significa ser testigos del amor de Dios y hacerlo realidad en nuestra manera de vivir. Nuestra identidad de cristianos debe contrastarse continuamente en todas las actividades de la vida. El “ser” se tiene que manifestar en el “hacer”.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 25/05/14.

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