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El Amor es todo

26 - octubre - 2014

El Amor es todo

David Villalón

Domingo XXX del tiempo ordinario – Ciclo A

Hoy son muy llamativas las palabras iniciales del Evangelio: “Y uno de ellos [de los fariseos], que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: –Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Curioso. Un fariseo, puntilloso conocedor de toda la Ley judía, de los 613 preceptos que todo buen judío debía cumplir y que él mismo se ufanaba de llevar a la práctica en su totalidad, ése le pregunta a Jesús. Esto nos muestra que la intención no es buena. No hay sinceridad en la pregunta, tampoco van a acoger la respuesta más que como pretexto para acusar al Señor. Ellos ya lo han condenado de antemano. Pero, como siempre sucede con Cristo, su respuesta los deja sin argumentos. Jesús les recita el “Shemá”: el contenido fundamental de la fe judía (“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”). Parecía algo obvio. Sin embargo, es frecuente que lo obvio, lo fundamental, lo lógico, lo que es de sentido común, no sea tenido en cuenta. Parece que hay que adornar todo mucho, enmarañarlo todo y hacerlo más complejo. Esto no va con Cristo. El Señor va a lo fundamental, a lo nuclear, a lo básico. Y, sobre todo, a lo sencillo, a lo que puede entender todo el mundo sin necesidad de grandes y extensas explicaciones.

Porque creer en Cristo, seguir a Cristo, ser cristiano y miembro de la Iglesia, es para todos. No para un grupo selecto y escogido, muy preparado intelectualmente. Ni mucho menos. Es para todos. La respuesta de Cristo no acaba aquí. Añade: “El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. También de muy fácil comprensión. Lo que quiere decir Jesucristo todo el mundo lo entiende.

Y si todo es tan simple y sencillo, ¿por qué hay algunos que dejan de ser cristianos? ¿Por qué a otros no les interesa y no quieren saber nada de la fe? Pues porque nos cuesta mucho vivirlo. El mensaje lo entendemos pero no estamos dispuestos a encarnarlo y hacerlo realidad en nuestra vida. No estamos dispuestos a vivir desde el amor a Dios que nos lleve a amar a los otros como a nosotros mismos. Y empezamos a justificarnos y a buscar excusas para continuar en nuestro engaño, en una vida de mentira y de apariencia. En una vida de sufrimiento y sinsentido que no queremos dejar. Llenos de amargura y frustración, con enormes complejos y miedos. Dios desea acabar con todo eso y cambiarlo por lo contrario. Pero no le dejamos. O peor aún, queremos ser cristianos a ratos, a medias, cuando creemos que lo necesitamos. Hay que buscar la Verdad en nuestra vida. El Señor lo pone todo de su parte, ¿qué estás dispuesto a poner tú para que entre en tu corazón y te cambie a mejor? Es poco y malo lo que pierdes, es mucho y bueno lo que ganas.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 26/10/14.

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