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El fruto de los servidores

22 - marzo - 2015

El fruto de los servidores

Santiago Martín Cañizares

Domingo V de Cuaresma (ciclo B)

No sé si el lector se acordará de la adolescencia en la que, quien más y quien menos, se aperezaba y no quería hacer las tareas de clase. Al día siguiente había que correr con las consecuencias de esa pereza adolescente. No era diferente la actitud con las tareas encomendadas en casa y, por tanto, se daban similares consecuencias. La cuestión es que a veces en nuestra vida cotidiana nos aperezamos como adolescentes, no sabemos si porque aún tenemos trazas de inmadurez en algún aspecto de nuestra vida, o por nostalgia de una etapa de la vida en la que se podía ser mayor sin tener las responsabilidades del adulto. Ya he oído a más de un padre y una madre justificar el no corregir a sus hijos amparados en esa nostalgia de no tener responsabilidades. Esto se verbaliza en la recurrida sentencia de “ya tendrá tiempo de sufrir/madurar”. Una actitud bastante contraria al espíritu evangélico, y más concretamente al espíritu de lo que hoy se nos proclama. Ante la inminencia de su muerte este anuncia a los discípulos: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”. No podemos por menos que sorprendernos: a morir como un criminal lo llama… ¿glorificar? Claro que las palabras que vienen después aclaran bastante: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto”. Glorificar sería entonces morir para dar fruto, o lo que es lo mismo, el fruto de su muerte es la glorificación.

En nuestra vida cotidiana parece que la gloria de la persona está en el poseer: poseer dinero, poseer fama, poseer placer, poseer incluso bienes religiosos (objetos, indulgencias, bendiciones, peregrinaciones), poseer una vida plena, poseer… sin embargo la muerte afecta a la persona y la desposee de todo lo que tenga, la deja desnuda frente al Padre. Ya no tendrá posesiones de ninguna clase, estará frente a Dios con lo que es. Y entonces sí que será crucial haber sido un sirviente del Señor porque, como dice Jesús en el evangelio, “donde esté yo, allí estará también mi servidor”.

Lo que le queda por meditar al lector es si en su vida también hay una traza de inmadurez religiosa que hace que en las tareas que tiene como cristiano sea vencido por la pereza adolescente. Nos quejamos muchas veces de que nuestro testimonio no da fruto y sin embargo nos deberíamos preguntar si nosotros estamos dispuestos a la muerte para ser glorificados, si estamos dispuestos a morir a nuestra inmadurez religiosa para saborear el fruto de la gloria de los servidores y amigos de Jesús.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 22/03/15.

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