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El hijo del carpintero

05 - julio - 2015

El hijo del carpintero

Manuel San Miguel

Domingo XIV del tiempo ordinario – Ciclo B

Tres son los personajes protagonistas de las lecturas de este domingo. Ezequiel, el desterrado; Jesús, el hijo del carpintero; Pablo, ¿el fracasado? Los tres criticados por su modo de ser y de actuar; los tres desprestigiados por sus paisanos. Y los tres reconocen que con cuánta fatiga la verdad se abre camino entre los hombres ¿Merecerá la pena vivir así? La misión que Dios les encomendó no era fácil, de acuerdo. Los ha escogido para que sean instrumentos suyos.

Los habitantes de Nazaret no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene esto que enseña en la sinagoga? "Si a éste lo conocemos y conocemos a toda su parentela". La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: "con lo que ellos conocen".

Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente "sabido"; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos.

El "Dios siempre mayor" desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús "no podía hacer allí ningún milagro"; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque "nadie es profeta en su tierra". Y quizás, también nos escandalice a nosotros... ¿o no?

Creer en Dios resulta relativamente fácil. Sobre todo si nos hacemos un Dios a nuestra medida y lo enviamos a un cielo lejano, muy lejano. Pero en Jesús, Dios quiso venirse a nuestro lado, ser uno más, uno del pueblo. Pero eso, para creer en el Dios de Jesús, hay que aceptar que a él sólo se puede llegar por el Hombre. Y quizá por eso resulta un poco más difícil creer en el Dios de Jesús.

Tanto tienes, tanto vales; esta sabiduría popular refleja la realidad social en la que nos movemos valorando a la persona por su influencia, por sus títulos académicos. Suma y sigue… ¿fiarse de un don nadie? ¿Y por qué un carpintero, fontanero, electricista… no pueden hablar de arte o de cómo es el corazón del hombre? También Jesús, hijo del pueblo, tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar. Tú, ¿lo ves así?

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 5/07/15.

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