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Historia de un discípulo rezagado

27 - abril - 2014

Historia de un discípulo rezagado

Domingo II de Pascua – 27 de abril

Antonio Jesús Martín de Lera

Jesús ha muerto. Y los discípulos desconcertados se recluyen en un recinto cerrado a cal y canto “por miedo a los judíos”. De pronto la tranquilidad de la casa se ve rota por la presencia de Jesús: “La paz sea con vosotros”. Les enseñó las manos y el costado y se llenaron de alegría.

Dos palabras llenas de sentido enmarcan esta escena: la paz y la alegría. La paz de Jesús que rompe el miedo, la alegría que embarga a los discípulos porque abre a la esperanza. Paz y alegría son frutos de la Pascua, de la presencia salvadora del Resucitado.

Pero en aquella primera cita del Resucitado con sus discípulos faltaba Tomás, apodado “el mellizo”, uno de los Doce. Le cuentan los demás, pero la extrañeza se convierte en duda; desde la razón, exclama: “¡Si no meto mi mano en la herida de su costado no lo creeré!”. Tomás ha lanzado el desafío: ¡Hay que ver para creer! Y Jesús recoge el guante.

A los ocho días, estando de nuevo reunidos, y esta vez sí estaba el incrédulo Tomás, de nuevo se repite la escena. La alegría se desborda en los discípulos y Tomás seguramente se llena de estupor. Jesús coge la mano al incrédulo y la mete en la herida del costado; al mismo tiempo le exhorta: “¡No seas incrédulo, sino creyente!”.

Tomás, mirando fijamente al Maestro, se ruboriza y exclama uniendo mente y corazón: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús acoge el gesto de fe del discípulo desconfiado, pero también lanza un desafío: “¿Porque me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!”.

¿Qué ha experimentado Tomás al encontrarse con Jesús Resucitado? ¿Qué es lo que ha transformado a este discípulo, hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué recorrido interior lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? Lo que le abre a la fe es Jesús mismo con su invitación.

 También nosotros a veces somos Tomás. Como el rezagado apóstol queremos ver para creer, tocar para impulsar nuestra esperanza, volver a ver el rostro del amigo para amar. No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas nos rescatan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Cuando nos sentimos amados y atraídos por Dios su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 27/04/14.

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