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24 - julio - 2016

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Manuel San Miguel Salvador

Domingo XVII del tiempo ordinario – Ciclo C

¿Saben ustedes que Sodoma y Gomorra fueron según la Biblia aquellas ciudades destruidas por Dios por cometer pecados abominables? Y quizá podemos pensar: ¿Dios es tan cruel con su pueblo? ¿Y con nosotros? Pues parece que Abraham (primera lectura) se atreve a regatear con Dios para, poco a poco, sacar algo de provecho, de modo que no niega el pecado del pueblo, sino que apela a la injusticia que se cometería (condenar al justo con el culpable) y recuerda a Dios que él es el justo. Concluyendo que la justicia de Dios se manifiesta no en el exterminio de los culpables sino en el amor y el perdón por los inocentes.

De este modo podremos comprender bien lo que el evangelio nos propone hoy: descubrir el sentido de la oración desde la imagen de un Dios Padre-Madre. Digo esto para explicar que no podemos proyectar sobre Dios la idea negativa de padre que aplicamos al padre biológico. Por eso decimos hoy que Dios es también Madre. No se trata de un superficial progresismo. Se trata de superar la literalidad de las palabras y de tomar conciencia de que Dios es más de lo que podemos decir y pensar de Él.

La oración del Padrenuestro no fue fruto de una noche de inspiración facilona de Jesús. Cada frase está ya recogida en la mentalidad judía y nos trasmite, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. La base de ese mensaje fue una vivencia única de Dios como “Abba”, y la experiencia de ser Hijo.

Cuentan de Santa Teresa que al ponerse a rezar el padrenuestro, era incapaz de pasar de la primera palabra. En cuanto decía “Padre” caía en éxtasis... ¡Qué maravilla! Efectivamente, esa palabra es la clave para adentrarnos en lo que Jesús vivió de Dios. Y esto es lo que estamos llamados a descubrir. Por tanto, si hoy te atreves a rezar esta oración y siempre, hazlo con estas condiciones: 1. Atención: porque si no ponemos atención a lo que le decimos a Dios, ¿cómo podemos pretender que Él le ponga atención a eso que le pedimos? 2. Humildad: reconocer que no tenemos nada que no hayamos recibido y por lo mismo pedimos ser escuchados. 3. Confianza: recordando que el Señor Dios nos ama mucho más que la más buena de las madres al más amado de los hijos. 4. Insistencia: como Abraham cuando intercede por Sodoma: sin cansarse de pedir. Y en todo momento déjate llevar por el Espíritu Santo. El gran maestro y guía que te conduce hacia fuentes tranquilas porque la gran dificultad de la oración está en tu corazón.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 24/07/16.

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