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La indignación del Maestro

08 - marzo - 2015

La indignación del Maestro

Antonio-Jesús Martín de Lera

Domingo III de Cuaresma – Ciclo B

El título de este artículo podría ser un motivo de escándalo. ¿Puede Dios indignarse? ¿La ira no es un defecto humano desagradable propio de personas soberbias? Aún más ¿no contrasta totalmente la indignación con la mansedumbre manifestada por Jesús a lo largo de su vida en este mundo?

Sin embargo, en el relato del Evangelio de hoy, la escena nos muestra a Jesús haciendo un cordel en forma de látigo y echando a los mercaderes del templo. Es una actitud de fuerza, de desesperación.

Con este gesto profético, Jesús no sólo se enfrenta a los vendedores y comerciantes que han hecho de la casa de Dios un mercado de sus propios intereses, sino que denuncia una de las estructuras más poderosas y sagradas del judaísmo. Jesús levanta su mano y su azote no sólo contra los profanadores de aquel templo, hecho por obra de las manos del hombre y enriquecido por el dinero, sino contra todos los profanadores de los verdaderos templos, que son los hijos de Dios.

Jesús denuncia con este gesto todas las estructuras opresoras, sean religiosas, culturales, económicas o políticas, pues de todo eso había en aquel templo de Jerusalén, y llama la atención con energía y valentía sobre las limitaciones y perversiones a las que puede dar paso una religión vivida en la superficialidad de la letra.

La enseñanza de Jesús es clara: no sólo quiere purificar lo material, sino renovar el sentido del culto y la misma idea de templo. Invita a destruir éste, porqué él lo reconstruiría en tres días. Los judíos entendían que se trataba del templo material, pero puntualiza el Evangelio: “Él hablaba del templo de su cuerpo”.

Este pasaje es una catequesis preciosa: lo importante son los templos vivos, que somos cada uno de nosotros por el Bautismo. Cada hombre es imagen de Dios y por el Bautismo somos templos vivos del Espíritu.

Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna. Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 8/03/15.

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