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La pereza de la conversión

03 - septiembre - 2017

La pereza de la conversión

Santiago Martín Cañizares

Domingo XXII del tiempo ordinario – Ciclo A

Hace algunos días la Iglesia hacía memoria de San Agustín, obispo de Hipona, uno de los grandes conversos. Un día antes, casi como preludio a la fiesta de San Agustín, se hace memoria de Santa Mónica, ni más ni menos que la madre del mencionado converso, por el que oró a Dios y derramó ríos de lágrimas. Mónica es la mujer cristiana que asume la cruz de la vida pagana y las costumbres lujuriosas y pecadoras de su hijo. Mónica no cesa de orar por su hijo, es insistente y no cede a la pereza espiritual, hasta que su hijo Agustín se convierte y es bautizado.

La mayor parte de nosotros –al menos el que escribe sí– estamos tentados por una clase de pereza que no es la de quedarse en la cama tumbado, sino la de huir de la cruz, aun sabiendo que no tiene la última palabra. Huimos muchas veces de lo que Mónica afrontó: convertir con nuestra oración y ejemplo a quienes tenemos a nuestro alrededor; nos conformamos con lo poco excusándonos en que "nadie es profeta en su tierra", o en que "de todo tiene que haber en la viña del Señor".

En el evangelio, se nos narra a Jesús enseñando a sus discípulos cuál será su suerte entre los hombres: ser entregado, juzgado y ejecutado para resucitar. Sin muerte no hay resurrección; sin cruz, no hay gloria. Y Pedro quiere huir de la cruz, dejarla atrás, quiere omitirla, parece el hombre con pereza, el que no tiene ganas de más. En el monte Tabor, tras la aparición de Moisés y Elías, es Pedro quien toma la palabra para sugerir que ya que se está tan bien, para qué marcharse: ¡hagamos tres tiendas! Reprende a Jesús, a su maestro, por decir que tiene que morir, pues qué necesidad hay de que sea así. Junto con los demás duerme en el huerto de los olivos y corta la oreja al criado del sumo sacerdote, porque es más fácil enfrentarse que esperar y acompañar a Jesús. De hecho, fue más fácil negar que lo conocía que ajustarse a la verdad.

El hecho que hizo cambiar a Pedro fue precisamente lo que vino después: la resurrección. Corrió, sin pereza, sin descanso hasta el sepulcro una vez que las mujeres anunciaron que había resucitado. Y dio su vida en una cruz, porque entendió que solo ella lleva a la gloria. Santa Mónica más tarde aceptó otro tipo de cruz, sabiendo que la resurrección se manifestaría en la conversión y el bautismo de su hijo.

El esfuerzo por ser cristianos ejemplares y la oración intensa y suplicante vencen la acedía, la pereza espiritual de no querer la cruz, de rechazar la vida del resucitado por no pasar la penuria de la cruz.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 3/09/17.

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