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Llevo tu ley en mis entrañas

15 - enero - 2017

Llevo tu ley en mis entrañas

Ignacio Rodríguez Coco

Domingo II del tiempo ordinario – Ciclo A

Las lecturas de hoy profundizan en el acontecimiento del bautismo de Jesús, que celebrábamos el domingo pasado, y que nos habla del origen, el destino y la misión de Jesús, con los que debe identificarse todo cristiano.

El bautismo de Jesús no lo transforma en Hijo de Dios, como si fuese un hombre al que Dios elige y adopta. Jesús es Hijo de Dios y Mesías ya desde el primer instante de su vida. Pero en su bautismo sí se nos revela quién es Él, ya sea de boca del Padre (“Éste es mi Hijo amado”), ya sea por boca de Juan (“Éste es el Hijo de Dios”); y para qué ha venido (“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”). Es la manifestación en toda su plenitud de lo que Jesús ya era.

De la misma manera, aunque no es nuestro bautismo lo que nos convierte en personas, pues todo ser humano es creado por Dios persona desde la concepción (“Desde el vientre me formó siervo suyo”), esa humanidad que ya está en nosotros necesita de la chispa vital que haga que la semilla interior de la misión para la que fuimos creados reviente, brote y se nos manifieste (“Tú eres mi siervo”). Este detonante es el agua del bautismo, y el fuego del Espíritu de la confirmación. Todo bautizado puede decir con San Pablo que ha sido “llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios”.

¿Cuál es el objetivo de esta misión? Pues no es otro que, como dice la primera lectura, el de “reunir y convertir a Israel”, y ser “luz de las naciones, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

¿Y en qué consiste ser luz? En llevar la luz de la Verdad a toda la humanidad. Una verdad que me quema por dentro y no puedo dejar de decir (aunque no me guste ni esté de acuerdo), porque no es mi verdad, sino la Verdad de Dios. Esta verdad no es creación humana (“Llevo tu ley en mis entrañas”, dice el salmo). Ningún hombre y ningún parlamento, por muy democrático que sea, puede crear una verdad o una ley moral. La verdad ni se crea ni se destruye, ni tampoco se transforma; sólo se la puede aceptar reconociéndola, o negarla mintiendo. No depende de la voluntad del enviado. Lo que se ha de predicar no lo invento yo, es anterior a mí “porque existía antes que yo”. Es Dios quien “me abre el oído” y la pone en mi boca. El misionero debe decir con el salmo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad, para decir tu verdad, ¡y no la mía!”. Dios nos envía a proclamarla (aunque tengamos miedo), a no callar (“No he cerrado los labios”). Sólo con la verdad podremos llevar salvación, porque “la verdad os hará libres”, y llegar al confín de la tierra, porque “con la verdad se va a todos los sitios”.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 15/01/17.

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