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Mis palabras al Cristo de las Injurias

17 - abril - 2014

Mis palabras al Cristo de las Injurias

Zamora, 17/04/14. Reproducimos a continuación un artículo en forma de oración a la venerada imagen del Cristo de las Injurias (Catedral de Zamora), ante la que la cofradía que lo saca en procesión y la ciudad entera juran silencio en la noche del Miércoles Santo. Su autor es Luis Santamaría, delegado diocesano de Medios de Comunicación Social, que fue ayer uno de los comentaristas del acto en Televisión Castilla y León.

 

“Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven las propuestas místicas sin fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”

(Francisco, Evangelii gaudium 262)

Señor Jesús, Cristo de las Injurias, “Maestro del Silencio”. Ver tu rostro ha sido, una vez más, en la noche de Zamora en vísperas de tu Pasión, contemplar a todo un Dios que se hace hombre, se hace esclavo… ¡se hace difunto! Sí: Dios y hombre a la par, resumiendo en ti mismo todos los sufrimientos de la humanidad, todos nuestros dolores, todas nuestras angustias, todas nuestras soledades.

Gracias, Jesús, porque no nos has enseñado el camino, como tantos que quieren dictarnos por dónde ir. Tú mismo te has hecho camino al Padre, el único camino de verdad, el único camino de vida.

En tu imagen clavada, signo de contradicción, todos podemos ver, de golpe, la historia de la humanidad. Una historia de amor no correspondido. El recorrido de una alianza desigual en la que Dios siempre ha puesto fidelidad y nosotros, siempre, pecado. Los intentos de tu Padre por darnos una oportunidad, y otra, y otra… hasta que al final te ha enviado a Ti. Y has llegado hasta el colmo del amor, hasta la donación extrema, dejándote matar.

¡Cuántas injurias, Jesús! ¡Cuántas veces miramos para otro lado, o descafeinamos tu mensaje, o desfiguramos tu rostro, o hacemos un Cristo a nuestra medida! Pero tu frente horadada, tus miembros clavados y tu costado abierto nos están recordando que no eres un mito o un cuento de niños, ni tampoco un símbolo de valores universales. Todo discurso buenista queda inservible ante la realidad de un hombre concreto, hombre y Dios, que se entrega voluntariamente para salvarnos.

Tenemos que reconocerlo, Jesús. No podemos engañarte –ni engañarnos–. Los seres humanos somos capaces de lo mejor… y también de lo peor. Del corazón del hombre sale tanta basura, Señor… Tú nos lo dijiste. Nuestra condición frágil, limitada, herida por el pecado, necesita que alguien haga algo, y pronto. Y ese alguien sólo puede ser Dios. Ese alguien sólo puedes ser Tú. Sólo un Dios hecho hombre puede agarrarnos fuertemente de la mano y redimirnos. Si no, cada vez nos hundiremos más.

Ante Ti, Maestro del Silencio, nuestras palabras callan y nuestra lengua enmudece. Mirándote sólo podemos ver a un Dios que nos muestra la medida del amor: amar sin medida. Amar a todos, sí. Pero no al prójimo como a uno mismo. No, Jesús, Tú vas más allá. No eres un simple maestro, un simple profeta, un simple líder religioso. Tú nos mandas amar como Tú mismo has amado. Tu camino es de imitación, y no de inspiración. Y en tus labios no hallamos proclamas de igualdad o de tolerancia. Tu boca entreabierta, Cristo de las Injurias, nos habla de amor preferencial a los más pobres, a los últimos, a los que están en las cunetas de nuestros caminos.

Enséñanos, Señor Jesús, a no relativizarte. A tomarte en serio. A no manipularte. A no domesticarte. Qué fácil es, para creyentes y no creyentes, utilizarte para nuestros propios intereses. Sin embargo, ahí está tu imagen, ahí están tus palabras puestas por escrito, y ahí está la comunidad de tus seguidores, tu familia, que es tu mismo Cuerpo. O si no, ¿cómo podrías haberle dicho a tu Madre, señalando a uno de los tuyos, “ahí tienes a tu hijo”?

Muéstranos, en el silencio, tu corazón traspasado. Porque la única puerta para salvar a la humanidad es tu corazón, el de un Dios hecho hombre. Enséñanos a adorarte en silencio. Enséñanos a imitarte en silencio. Llénanos de tu amor, que falta nos hace. Y así –sólo así– transformaremos el mundo como Tú quieres. Porque Tú, Jesús, eres el verdadero Maestro, el verdadero modelo de la nueva humanidad.

Gracias, siempre gracias. Amén.

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