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Mis planes no son vuestros planes

24 - septiembre - 2017

Mis planes no son vuestros planes

Ignacio Rodríguez Coco 

Domingo XXV del tiempo ordinario – Ciclo A 

Hay un refrán que dice: “Ten cuidado con lo que deseas, no sea que se te cumpla”. Los hombres vamos haciendo nuestra vida, hacemos nuestros planes, echamos nuestras cuentas y tenemos nuestros proyectos, que no suelen ser los de Dios: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. El infierno no es otra cosa que “el lugar donde se cumplen todos los planes humanos”.  

Por suerte, el evangelio, la buena noticia, nos habla de una salvación que no depende de planes humanos y que desbarata todos nuestros proyectos insensatos. Esta salvación, que es don gratuito, no es otorgada por Dios de una manera mágica e impuesta saltándose la libertad humana. Aunque “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, Dios no salva a nadie sin su consentimiento y colaboración. La salvación conlleva exigencias, es conversión, transformación de la vida: “que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad”. Cambiar de vida es algo necesario y urgente, porque “no sabéis el día ni la hora”; “buscad al Señor mientras se le encuentra”, porque el tiempo se acaba. 

A pesar de que el tiempo se acaba, “mientras hay vida hay esperanza”, y Dios no desiste en su empeño de salvarnos hasta el último momento. Jesús deja claro en la parábola de hoy que esta posibilidad de salvación existe mientras haya tiempo, y que es para todos, incluso para aquellos con los que nadie ha querido contar, para aquellos que parecían no tener remedio, los que parecía que iban a persistir en sus malas maquinaciones hasta el final, para los que creíamos que ya era demasiado tarde porque ya oscurecía. El Catecismo dice que “Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final.” Es decir, hay posibilidad de salvarse siempre antes de que la muerte llame a nuestra puerta. 

Desde la óptica humana nos parece (como a los viñadores que aguantaron el peso de la jornada) injusta la salvación de quien hizo el mal durante su vida y en el último momento se arrepintió y volvió a Dios (como los viñadores de última hora). Pero es que la salvación no funciona de una manera económica, llevando cuenta de todos los actos pasados, que suman o restan. Las cuentas de Dios no son las nuestras, su justicia no es nuestra justicia. Lo que cuenta es estar preparados siempre. “Que Dios nos pille confesados”. 

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 24/09/17. 

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