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Mujer abierta a Dios

07 - diciembre - 2014

Mujer abierta a Dios

Ángel Carretero Martín

No hace mucho tiempo afirmaba Pablo D’Ors que "a los santos podemos subirles tanto a los altares, que es casi como perderles". No sería justo que algo de esto nos pudiera pasar en este Año jubilar que estamos celebrando con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Por eso no estará de más que esta vez destaquemos su lado más humano. Teresa fue, en efecto, una gran mujer: emprendedora, valiente, intrépida como pocas en su época. Tan luchadora que hoy no faltan quienes se llenan la boca diciendo que era "feminista". Junto a su fortaleza humana estaba su talla mística. Pero esta dimensión mística de su vida no puede reducirse solo a fenómenos extraordinarios de ojos en blanco o elevaciones por encima del suelo; hacerlo así, ya digo, sería tanto como alejarla de nuestra vida y de nuestro mundo.

Quede claro, por tanto, que la Santa de Ávila fue una mujer antes que nada, afortunada por sus muchas cualidades humanas: una inteligencia preclara, un corazón bueno e inmenso, un don de gentes extraordinario; tuvo también la suerte de pertenecer al escaso grupo de mujeres que en su tiempo sabían leer. Es curioso, y también muy humano, que le encantaran los libros de caballería, algo que hoy equivaldría a la novela rosa o las revistas del corazón. Por eso ese enorme corazón de Teresa no fue fácil de encauzar, ya que el mundo de los afectos le trajo a maltraer. Necesitó mucho tiempo y mucha ayuda de Dios en su vida para sosegarse, poner en orden su afectividad y liberar su corazón de diversas ataduras. Es decir, lo mismo que nos pasa a la mayoría de los mortales.

Fue una monja buena y cumplidora durante veinte años, pero ella era consciente de que eso no era suficiente; como tampoco es suficiente para los cristianos de hoy ser sólo cumplidores. De esa etapa a medio gas nos ha dejado en sus escritos expresiones tan elocuentes como ésta: “y bien veía que no vivía sino que peleaba con una sombra de muerte". Solo cuando dejó que Dios entrara con fuerza en su vida pasó de ser Teresa a Teresa de Jesús. Una mujer apasionada, que sufrió, peleó, lloró, gozó, hizo chascarrillos y bromas, expresó con naturalidad y simpatía sus sentimientos, libre para decir que amaba a la gente, que les echaba de menos, que les pedía que le escribieran, que les hacía sentir a cada uno que era el preferido, que no andaba con remilgos. Que trató de negocios, dineros, compras, ventas, asuntos de la reforma. Fue resuelta y desenfadada. Y lo más importante de todo, lo que más humana y mejor persona le hizo: dejó que Dios fuera Dios en su vida, en ese perseverante trato de amistad con Aquel que sabía la amaba.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 7/12/14.

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