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Naturaleza sin Dios

10 - agosto - 2014

Naturaleza sin Dios

Ignacio Rodríguez Coco

Domingo XIX del tiempo ordinario – Ciclo A

La relación del hombre con la naturaleza se ha visto amenazada por dos peligros antagónicos, pero con un origen común: el olvido del Dios verdadero. El hombre puede dejarse dominar por la naturaleza (endiosándola) o pretender destruirla (endiosándose a sí mismo, olvidando que es obra y creación de Dios). Ejemplo de lo primero es el paganismo politeísta, en el que los fenómenos naturales son divinos y, por lo tanto, incontrolables por el hombre. (En un entorno así es imposible el surgimiento de la ciencia, cuyo principio básico es que la naturaleza puede ser controlada). Ejemplo de lo segundo es el abuso actual de la creación, que trae como consecuencia la contaminación, el cambio climático, la extinción de especies… De aquí la preocupación del papa Francisco por este tema últimamente.

Frente a esto, la Biblia sostiene que la naturaleza no es divina, sino creación del único Dios, Creador y Señor de todo. Elías, profeta del verdadero Dios, no lo descubre en el huracán, ni en el terremoto ni en el fuego (aunque también sean signos de su presencia), sino en la paz de una tenue brisa. En el Evangelio los fenómenos naturales (las aguas agitadas por el viento, la oscuridad de la noche) simbolizan el mal de una naturaleza corrompida por el pecado que se revuelve en el caos. En medio de este caos Jesús camina sobre las aguas, no como un Poseidón (dios del mar) que se pavonea ante los mortales, sino como signo del poder de la fe (había pasado la noche rezando). En ambas lecturas el alejamiento de Dios desnaturaliza la naturaleza, convertida en enemiga del hombre. La creación se rebela, el mal se revuelve, regresan las tinieblas.

Por el contrario, la presencia de Dios reconocida por la fe es anuncio de una paz definitiva (repetida en salmos y profetas), en la que el viento se calma, las aguas se tranquilizan, el bien regresa. Una fe que no cree en un fantasma, sino que es confianza absoluta en una persona real de carne y hueso, Jesús, el Hijo de Dios, único con poder para salvar de los remolinos del pecado y las aguas turbulentas del mundo. Una fe que no sustituye a la ciencia en la explicación de los fenómenos naturales, pero sitúa en su justo lugar nuestra relación con la naturaleza, para no pisotearla ni ser pisados por ella (es la ciencia con conciencia). Con esta fe en Jesús andaremos sobre las aguas del pecado. Pero, si nuestra fe es débil, si no lo reconocemos como Dios y Señor, terminaremos por hundirnos, o seguiremos a la deriva y nunca tocaremos tierra firme sobre la que asentar nuestra vida. En esos momentos gritemos como Pedro: “Sálvame, Señor, que me hundo”, y Él nos salvará.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 10/08/14.

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