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Nicodemo y tú

15 - marzo - 2015

Nicodemo y tú

Manuel San Miguel

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo B

Por el gran amor que Dios nos tiene, viene Jesús a salvar al mundo y no a condenarlo. El Padre ha apostado fuerte. No ha dudado de entregar a su Hijo como la prueba más evidente de su amor. El precio ha sido elevado: con la muerte de Jesús, el objetivo es hacer feliz a toda la humanidad. Pero esa salvación de la humanidad no se producirá sin nuestra colaboración. ¿Nos creemos esto? Puede sucedernos como a Nicodemo, a quien Jesús dirige las palabras del evangelio de hoy, y que era un fariseo. Como buen jurista aceptaría a Jesús como un maestro venido de parte de Dios y por eso intenta negociar con Jesús para que todo se desarrollara dentro de un orden que establecía la ley. La respuesta de Jesús es tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que él propone; según el proyecto de Dios, hay que «nacer de nuevo», hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos.

La vida de Dios llegará a los hombres por un cauce totalmente distinto: por un hombre, el Hombre «levantado en alto», colgado en una cruz a la que lo llevarán la fidelidad y la lealtad en el cumplimiento de su compromiso de amor con toda la humanidad.

 Y Nicodemo desconcertado le pregunta: ¿Y cómo puede ser esto? Ante su incredulidad Jesús le responde que se trata de un nuevo nacimiento por el Espíritu. Nicodemo es en verdad uno de nosotros. Cree, sí, pero no tiene el valor de cargar con todas las consecuencias de su fe, lo que no obsta para que Jesús lo tome en serio. Siendo un doctor en Israel conoce las Escrituras. De ahí que pueda observar que Dios está en verdad con ese Jesús de Nazaret, pero no va a reconocer que Dios está en Jesús. Se dirige a Jesús para aprender de él, pero se viene de noche. Busca, pero busca en la oscuridad. Su fe va a ir creciendo, pero él se mantendrá siempre un tanto ambiguo. Se siente cercano a Jesús, pero queda lejos de él. En el momento de la sepultura de Jesús se hallará en el Huerto de los Olivos, pero sin acercarse demasiado.

Para descubrir la fe es preciso iniciar un camino como Nicodemo. Meternos en la historia humana y en sus miserias. El mundo de los poderosos, en el que los pequeños son aplastados y pisoteados, era el mundo que conocía Jesús; es el mundo que lo ha condenado a muerte, el mundo al que ha venido a redimir. Es también nuestro mundo. Al asumir la miseria humana, ha hecho posible Jesús que quedemos liberados de la misma. No por medio de milagros –esos signos que reclaman los fariseos– sino por la transfiguración de los ojos y de los corazones de los hombres.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 15/03/15.

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