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Piedras preciosas

28 - enero - 2018

Piedras preciosas

Ángel Carretero Martín

Gema es una adolescente de 16 años que no acaba de entenderse con su madre; supongo que tampoco debe de ser algo muy extraño a esa edad. Una simple mirada, una palabra, cualquier cosa sirve para encender la mecha y armarse la marimorena. Gema está convencida de que su madre está siempre en contra de ella, que no la entiende. Sufre mucho por ello. El otro día, una vez terminadas las clases y ya de vuelta a casa, nada más entrar por la puerta, a propósito de una nimiedad, tuvo con su madre una discusión de campeonato, hasta el punto de que terminó por encerrarse en su habitación dando un portazo. Ni siquiera salió para cenar y aún bastante confusa por la agitación de sentimientos que la zarandeaban, se acostó, aunque no podía dormirse. Así estaba, cuando oyó los pasos de su madre acercándose por el pasillo, cómo se detenía ante su puerta y después de escuchar un momento, cómo abría la puerta de la habitación y se acercaba a la cama. Gema ya no tenía ánimos ni fuerzas para volver a empezar la discusión; permaneció inmóvil y con los ojos cerrados, haciéndose la dormida. Podía sentir a su madre parada junto a la cama. No le hacía falta verla porque estaba totalmente segura de que allí estaba ella, a su lado. Desde ese convencimiento sintió después cómo se agachaba y le colocaba el edredón para que estuviera bien abrigada; cómo se inclinaba y despacito le daba un beso en su frente. Y cómo después se alejaba sin hacer ruido.

Cuando Gema quedó sola lloró mucho, pero ya no de rabia por sentirse incomprendida por su madre, sino que lloraba por la gran emoción de haber descubierto el amor inmenso de su madre, que la quería a pesar de las broncas que se montaban; la quería tal y como era, a pesar de todo y por encima de todo. Es verdad que después de este día las broncas han continuado y quizá tenga que pasarse esa edad del pavo para que cesen las marejadas entre ambas. Pero también es verdad que Gema confiesa que, desde aquel día, las broncas ya no son como antes por ese descubrimiento. Si de algo está arrepentida, dice, es de no haber saltado de la cama y haber corrido donde su madre para besarla y decirle: "yo también te quiero, mamá". Sintió la necesidad de hacerlo, pero lo cierto es que no se atrevió. En cualquier caso, algo muy bueno late ahora dentro de ella que nada ni nadie le podrá quitar. El testimonio de Gema me lleva a pensar que a algunos "creyentes" puede pasarles algo parecido en su relación con Dios: le echan broncas de todos los males. Pero lo mejor de todo es que algunos de ellos, cuando se han dejado arropar y besar, al final ha empezado a latir dentro de ellos algo muy diferente. Se convierten en piedras preciosas.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 28/01/18.

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