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¡Qué asco de vida!

01 - marzo - 2015

¡Qué asco de vida!

David Villalón

Domingo II de Cuaresma – Ciclo B

Cada año en este domingo escuchamos el relato de la Transfiguración. Jesús sube con sus tres amigos más íntimos a una montaña alta (el monte Tabor) y se “transfigura” delante de ellos. “¿Que hace qué?” Se transfigura, cambia de forma, que no de cuerpo. Se muestra igual que está en el cielo, en la gloria de Dios. El evangelista lo describe aludiendo a la blancura de sus vestidos. ¿Cómo explicar eso con lenguaje humano? Es imposible. Tampoco podemos saber por qué quiere Jesucristo mostrarse así delante de los tres apóstoles. Sí podemos saber para qué. Después de su resurrección quiere que confirmen que ya era Dios antes y ellos lo vieron y lo comprobaron. Pero, ¿cómo reaccionan los apóstoles ante esta visión de la gloria de Dios, del cielo? Pues ahí tenemos la respuesta de Pedro, que actúa como portavoz de los otros dos. “¡Qué bien se está aquí!”. Pedro quiere quedarse allí, en ese estado, en el cielo. No quiere volver a la realidad dura de su vida cotidiana. Mejor, mucho mejor, quedarse en el cielo.

Tú y yo lo más probable es que hubiésemos reaccionado de la misma manera. Cuántas veces hemos pensado o dicho: “¡Qué asco de vida!” Y al presentarse la oportunidad de cambiar a una vida infinitamente mejor, pues normal que intentemos no perderla. Eso mismo debió de pensar Abrahán cuando, ya siendo un hombre anciano, tuvo a su hijo Isaac con su esposa Sara. Dios había intervenido de forma extraordinaria en su vida. Había actuado como sólo Dios podía. Pero ahora le pide que sacrifique a ese hijo de la promesa. “Ni hablar”, fue quizá su primer pensamiento. No entiende nada, no tiene explicaciones ni respuestas. La lógica humana no le sirve para entender por qué, ahora, Dios le pide semejante cosa. Y, aún con todas esas dudas e incertidumbres que lo torturan, tiene confianza en Dios. Tiene fe, cuando todo el mundo se echaría para atrás.

Creer en Dios cuando te van bien las cosas en este mundo –tienes trabajo, salud, familia, amigos, prestigio, poder– es relativamente fácil. Pero, ¿y cuando tu vida –según los criterios de este mundo– es una ruina? Ahí ya cuesta mucho mantener la fe. ¿Cómo mantener la esperanza en Dios en esos momentos? Mira a Abrahán. Sabe que Dios va actuar, está seguro. No sabe cómo, él no es Dios. Sus criterios son humanos, no los de Dios. Y al final sale reforzado por ser fiel. Jamás volverá a dudar porque ha comprobado el amor y la fidelidad de Dios por él. El Señor interviene en tu vida y en la mía. Como Él quiere, siempre para nuestro bien. Aguanta la prueba y también tú verás la gloria de Dios, el poder de Dios, el amor de Dios por ti. No impongas nada a Dios. El único perjudicado serás tú mismo. Confía en el Señor. Él cambia tu vida a mejor, siempre es así.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 1/03/15.

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