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¡Qué Cruz!

14 - septiembre - 2014

¡Qué Cruz!

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz – 14 de septiembre

Antonio Jesús Martín de Lera

El título de esta reflexión, amigo lector, no es de pesadez o cansancio, tal como solemos utilizar esta expresión; todo lo contrario, es una exclamación de gozo. Para el cristiano la cruz es salvación, es amor.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo… para que todos tengan vida”. Con este razonamiento, Jesús explica a Nicodemo, un discípulo nocturno y clandestino de Jesús, pero con ansias de aprender, el sentido de la muerte del Mesías. No se trata de una muerte sin sentido, sino de una muerte que da la vida a muchos.

La cruz es el signo de los cristianos, la llevamos en nuestro pecho, preside nuestras iglesias, está en muchas de nuestras casas, pero la cruz es mucho más. La cruz es el signo de la salvación de los hombres. No ha habido muerte que haya dado más vida, ni signo que haya levantado más adhesiones.

En la cruz, vemos el mayor signo de amor de Dios al hombre: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio hijo”, para que su muerte nos diera la vida eterna.

Decir cruz es decir Cristo. Pero la cruz es sinónimo de dolor y sufrimiento, de negación de sí mismo para conseguir un fin mayor. Por la cruz, Cristo nos consigue la salvación. Para cualquier cristiano, la cruz es un signo de imitación del Maestro. De ahí la expresión de Jesús, a sus discípulos: “El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí”.

La cruz tiene un fondo de dolor, de sufrimiento, de muerte, en la vida de cada persona. Pero vivida en cristiano, la cruz es signo de salvación. Nadie nos puede quitar el dolor y el sufrimiento, nadie nos podrá evitar la muerte. Pero la fe nos dice que el dolor con sentido, el sufrimiento ofrecido por la vida de los demás, es dolor y sufrimiento lleno de gozo. Y así, la muerte da vida. La cruz se convierte en signo glorioso.

En un mundo en el que sigue habiendo tantos hermanos nuestros que viven crucificados, con el dolor y el sufrimiento, con la pobreza y la miseria, Dios nos lleva a fijarnos en Jesús. Nos invita a tener sus mismos sentimientos y modo de actuar: entender la vida como vocación para servir, para aliviar el sufrimiento, para comprometernos decididamente en la lucha contra el mal y el egoísmo. Con la fuerza del amor de Dios que el Espíritu de Jesús resucitado ha derramado en nuestros corazones.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 14/09/14.

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