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Resurrección y esperanza

20 - abril - 2014

Resurrección y esperanza

Domingo I de Pascua – 20 de abril

Ignacio Rodríguez Coco

La existencia y felicidad del hombre se han visto siempre amenazadas por la conciencia de una muerte segura. Preguntado sobre el misterio de la muerte –¿qué habrá después?, ¿habrá algo o volveremos a la nada más absoluta?, ¿es posible superarla?– el ser humano no puede sino quedarse callado y sentir un escalofrío de terror, resignándose al hecho irrefutable del fin. Aun así, el deseo de vida perdurable está tan metido dentro del corazón humano que, aunque podamos llegar a aceptar nuestra muerte, la del ser amado nunca la asumimos del todo. Intuimos entonces, aunque sea a oscuras, que la muerte no puede ser el adiós definitivo, porque “amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás”, en palabras del filósofo Gabriel Marcel.

La resurrección de Jesús es la respuesta definitiva a la pregunta sobre la muerte. Ha sido, es y será siempre el acontecimiento de mayor trascendencia en la historia de la humanidad, pues es el único ser humano del que se afirma y se cree como realmente ocurrido el haber regresado “de entre los muertos”. Prueba de ello es que, aunque “la cosa empezó en Galilea” hace dos mil años y lo vieron unos pocos, esta noticia ha llegado hasta nosotros hoy gracias al testimonio de los apóstoles, “los testigos que él había designado: a ellos, que habían comido y bebido con él después de su resurrección, les encargó predicar al pueblo”. Por ellos y sus sucesores los obispos, miles de millones de personas han creído en Él a lo largo de los siglos y esta fe en la resurrección transmitida ha sido el motor de todos los esfuerzos humanos desde entonces. Sin resurrección, ¿dónde queda el sentido de la vida humana? Si todo acaba con la muerte, ¿para qué tantos afanes, trabajos, estudios, ilusiones, incluso el amor…? La resurrección es garantía de que todo esto llamado vida tiene sentido. La vida de aquí tiene sentido desde la otra, porque “habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”. El hombre creyente y resucitado debe “aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra”, pues aunque la vida de este mundo es buena, querida y creada por Dios, y es natural que nadie quiera morir, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros, porque la resurrección de Jesús implica también la nuestra: “también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria”. Desde esta confianza todos esperamos la resurrección de alguien que ya se nos fue, y con Antonio Machado podemos decir: “Mi corazón espera/también, hacia la luz y hacia la vida,/otro milagro de la primavera”. Creámoslo posible, igual que el discípulo que “vio y creyó”.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 20/04/14.

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