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Semilla de eternidad

13 - julio - 2014

Semilla de eternidad

Ignacio Rodríguez Coco

Domingo XV del tiempo ordinario – Ciclo A

Las lecturas de hoy nos hablan de semillas, de siembra, de agua, de dolores de parto… Miremos la historia de la salvación para ver qué quieren decir.

Dios creó un mundo y un hombre originariamente buenos. Plantó en ellos una semilla de eternidad que debía germinar hasta llegar a plenitud. Pero el pecado del hombre, sembrado como cizaña, corrompió la creación entera y la semilla verdadera no pudo crecer. En su lugar, fructificaron los frutos del pecado. Como la basura en un vertedero produce moscas y todo tipo de alimañas, así el poder del pecado genera el mal, el sufrimiento y la muerte. El pecado es la raíz del drama de la vida humana que parece no tener remedio. Pero hay esperanza. En el Antiguo Testamento los salmos recuerdan que Dios no se olvida de su semilla, sino que “Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida”, enviando al mundo su palabra como lluvia vivificadora.

El profeta Isaías anuncia una “palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. Se trata de una palabra especial, de una lluvia regeneradora que hará germinar los sueños de Dios sembrador. Esta Palabra es Jesús, su Hijo. En Él, Palabra misma de Dios, se ha realizado y expresado en toda su plenitud el designio originario de Dios para todos los hombres. Jesús es el hombre verdadero, el fruto que Dios esperaba cuando sembró su semilla en el mundo. Sus milagros y su resurrección son la manifestación palpable de lo que da de sí y puede llegar a ser un mundo sin la mala hierba del pecado. Del mismo modo que con la limpieza del vertedero, el paisaje se recupera, con la limpieza del pecado, la creación se regenera, “liberada de la esclavitud de la corrupción”. En esta nueva creación se dará la “plena manifestación de los hijos de Dios”, con un mundo y un cuerpo gloriosos, redimidos, salvados, sanados, que Dios quiso desde el principio. En ellos el mal, el sufrimiento y la muerte ya no existen.

Éste es el Reino de Dios que Jesús con su palabra vino a traer. Ahora la semilla-vocación de hijos que Dios puso en nosotros puede crecer, porque el pecado ya no tiene poder para ahogar la semilla. Este reino, que “está dentro de vosotros”, se inicia en cada hombre que acoge y cumple la palabra de Dios, y poco a poco, “gimiendo con dolores de parto”, se extenderá hasta llegar a todos los hombres y a todo el hombre. Mientras tanto la Iglesia deberá salir a los campos a sembrar esta Palabra, con la esperanza de que los pájaros no se la coman, sino que caiga en buena tierra, y que dé mucho grano.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 13/07/14

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