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Seréis como dioses

14 - junio - 2015

Seréis como dioses

Ignacio Rodríguez Coco

Hace unos días conocimos la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre el caso de un señor en estado vegetativo que afirma que dejar de alimentarlo para que muera no viola su derecho a la vida. La sentencia se basa en un supuesto derecho a una muerte digna cuando no hay calidad de vida. Lo más pervertido no es que ya ni el Tribunal de Derechos Humanos reconozca lo que son los derechos humanos, sino que se los salta a su antojo, e incluso se los inventa creando contra-derechos que anulan los verdaderos. ¿Cómo va a ser un derecho lo que es contrario a la vida? ¿Cómo van a tener el Estado y la sociedad la obligación de defender la muerte? ¿Es que acaso hay que proteger el derecho al analfabetismo, el derecho a la falta de salud e higiene, el derecho a la esclavitud, el derecho a pasar hambre…?

El derecho a la vida debe defenderse con estructuras jurídicas que aseguren que, pase lo que pase, nadie tendrá el derecho a quitar la vida a otro (ni a sí mismo). Sin vida no hay derecho que valga. El derecho a la vida es el punto de partida de todos los demás derechos. Un pretendido derecho a la muerte sería una especie de “derecho-terminator”, el derecho a acabar con todos los derechos, el derecho a la aniquilación del otro, o a la auto-aniquilación.

No defendamos un falso “derecho a una muerte digna”, sino el “derecho a una vida digna hasta el final”. Para ello, hay que potenciar los cuidados paliativos, que buscan las mejores condiciones físicas, psicológicas y espirituales del enfermo. Y a la vez hay que rechazar el “encarnizamiento terapéutico”, que pretende mantener la vida del enfermo artificialmente con medios desproporcionados, obligándolo a (sobre)vivir cuando su organismo está ya irreversiblemente metido en un proceso de muerte.

Dios es el Autor y único Señor de la vida, que no nos damos a nosotros mismos. El hombre no es señor de la vida, pero sí de la muerte, debido a la tendencia humana (fruto del pecado original) a creernos dioses, capaces de crear a imagen y semejanza nuestra (y no de Dios). ¿Qué son la eugenesia, la manipulación genética, los vientres de alquiler y la inseminación artificial, sino jugar a ser dioses creadores de vida? ¿Y qué son la eutanasia, el aborto y los campos de exterminio de razas inferiores, sino jugar a poner o quitar la vida cuando ésta no pasa el “control de calidad” del ideal de la ideología de turno? Todo ello queda ahora consagrado como derecho por unos parlamentos y tribunales inicuos que no saben (o no quieren) distinguir el bien del mal. Bien nos engañó la serpiente cuando dijo: “No moriréis, seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Nos morimos, nos creemos dioses, y ahora tampoco distinguimos la vida de la muerte.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 14/06/15.

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