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Si no lo veo, no lo creo

08 - abril - 2018

Si no lo veo, no lo creo

Manuel San Miguel

Domingo II de Pascua – Ciclo B

Ésta es la actitud de Tomás y de otros muchos en el mundo de hoy. Fíjense en que Tomás, entre todos los discípulos, era el que con más decisión se había mostrado dispuesto a acompañar a Jesús a la muerte: «Vamos también nosotros a morir con él», había dicho en una ocasión a los demás discípulos. Tenía valor para enfrentarse a la muerte y era generoso y leal como para dar la vida; sin embargo, no creía que el amor pudiera vencer a la muerte. Y, por lo que parece, tampoco confiaba mucho en la palabra de sus compañeros: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos… no creo», respondió cuando le dijeron que habían visto vivo a Jesús. Y para creer en el testimonio de sus compañeros, exige tener el privilegio de experimentar personal e individualmente la presencia de Jesús resucitado.

Sentirse privilegiado. Tomás tuvo esa gracia para creer. Pero atención: fue una experiencia fuerte del amor en medio de la comunidad cristiana. Juan lo subraya expresamente: él no estaba con la comunidad cuando Jesús se presentó en medio de ella.

Cuántas veces hemos dicho: “con la Iglesia hemos topado”, con un sentido despectivo… Pues bien, la comunidad de la Iglesia, que es santa y es pecadora, es el lugar donde se hace presente el Resucitado. Porque Jesús sigue vivo y activo en el centro de las comunidades cristianas. Y su presencia se nota, se debe notar, no en apariciones extraordinarias, sino en que estas comunidades reproducen en su vida las señales de la muerte de Jesús, y no tanto en lo que aquella muerte tuvo de sufrimiento y de dolor, sino sobre todo en lo que tiene de entrega y de amor, de afirmación de la vida y de anuncio de liberación. La presencia del Hijo único de Dios en un grupo se nota en que los hombres y mujeres que forman ese grupo viven como hermanos: «En la multitud de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común», dicen los Hechos de los Apóstoles.

No nos confundamos: la Iglesia no es la jerarquía, no son las piedras de los edificios, ni las iglesias. Somos las personas que buscamos, que somos fieles en la entrega, en el desempeño de una misión, en llevar adelante el proyecto del Reino, los que, descubriendo su propia vocación, contra y viento y marea van trasparentando ese amor de Cristo. Sin la Resurrección nuestra fe sería vana, dice San Pablo. Aun más, si nosotros no “resucitamos” cada día, también nuestra fe sería inútil. Piénsalo.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 8/04/18.

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