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Solidaridad

07 - septiembre - 2014

Solidaridad

Domingo XXIII del tiempo ordinario - Ciclo A

Ignacio Rodríguez Coco

Las lecturas de hoy tienen de fondo la solidaridad universal y originaria entre todos los seres humanos. No la solidaridad televisiva de las galas solidarias ni la de echarse calderos de agua fría por encima (como si así se limpiara la mala conciencia), sino solidaridad entendida como unión sólida de todos los hombres, en la que todo afecta a todos y en la que nadie puede construirse a sí mismo sin los demás. Somos lo que somos gracias a otros a los que debemos vida, lengua, la nacionalidad, la educación, la sanidad… No somos islas, sino seres interdependientes unidos por unos vínculos. Cualquier estado totalitario pretenderá romper esos vínculos solidarios entre los hombres hasta convertirlos en individuos aislados mucho más fáciles de manipular. Para conseguirlo se usarán dos armas: la destrucción de la familia (sin ella el ser humano pierde los asideros naturales, se siente solo y arrojado al universo, y está preparado para dejarse caer en los brazos de Papá-Estado), y la propagación de una falsa idea de libertad concebida como permiso para cualquier cosa, donde los demás no cuentan para nada, y que incluye también el engañoso dogma de que el respeto por la libertad del otro consiste en no meterse en su vida, en no amonestarlo, en hacer la vista gorda ante sus pecados.

Nada más contrario al Evangelio, donde el amor al prójimo implica también reprenderlo cuando no lo hace bien, porque, unidos en lo bueno, también lo estamos en lo malo. No puedo dejar que mi hermano se reboce en el fango del pecado mientras yo me quedo mirando. El pecado nos envuelve a todos como maldición universal, no porque todos hayamos pecado (que así es), sino precisamente porque, debido a esa solidaridad originaria, los pecados de todos afectan a todos. La verdadera solidaridad conlleva tener conciencia de que el otro “es carne de mi carne”, el dolor por el mal que sufren los demás (y hacer algo para remediarlo), pero también de que soy “guardián de mi hermano” y soy responsable (hasta cierto punto) de los pecados que él cometa, y que Dios me pedirá cuentas de su perdición. No se trata de destruir la libertad del otro (es sagrada), pero sí de “dar la alarma” para que se convierta y se salve. Este “dar la alarma” es la obligación de la Iglesia de predicar la verdad moral, decir lo que está bien y lo que está mal, y meterse en todo lo que atañe a la dignidad humana, amonestando “a tiempo y a destiempo”, “poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta” y se salve. Los curas (y los demás cristianos), no es que sean pesados, es que deben serlo para ser fieles a su misión. Si no quieren escucharlos... Pero si le hacen caso, habrán salvado al mundo.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 7/09/14.

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