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Soy tuyo

22 - junio - 2014

Soy tuyo

Ángel Carretero Martín

Los católicos de todo el mundo celebramos hoy por todo lo alto la grandeza, la humildad y la solidaridad extrema del Hijo eterno de Dios que no solo se hizo de carne y hueso, Jesucristo, sino que incluso se ha querido quedar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, como alimento, como Pan vivo bajado del cielo. No nos conformamos con gozarnos de ello adorándole y agradeciéndoselo en nuestras iglesias, sino que también necesitamos expresarlo en las calles y plazas con el deseo de que otros también puedan llegar a descubrirle como el mejor tesoro escondido. Por Él merece -no la pena sino la vida- poner todo lo demás en un segundo plano dejando que sea solo Él quien ocupe el puesto central; estando más cerna de nosotros, como de hecho sucede, que nosotros de nosotros mismos. Es verdad que no son menos importantes otras presencias de Dios, como es en el caso de los más necesitados. No pudo ser más claro el Señor Jesús cuando nos advirtió que lo que a ellos le hiciéramos o le dejáramos de hacer es igual que si lo hiciéramos o no a Él mismo.

Siguiendo el itinerario emprendido en los meses anteriores me gustaría hoy dar un paso más: subrayar inseparablemente que si nuestras celebraciones litúrgicas y sacramentales son presencia de Cristo a través de las cuales su salvación nos sigue alcanzando a los hombres y mujeres de todo el mundo y de todas las épocas, especialmente a través de los dones del pan y el vino consagrados (que son su cuerpo entregado y su sangre derramada para que tengamos vida eterna), también Cristo está igualmente presente de modo análogo en la Palabra proclamada. Al igual que en su vida terrena no había división entre lo que decía y lo que hacía (no así en nuestras vidas personales) también en nuestras celebraciones la Palabra anuncia lo que se realiza en la acción sacramental y la acción sacramental es cumplimiento de lo que Dios nos dice en su Palabra. En la Palabra de Dios proclamada y escuchada en la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, Jesús nos dice hoy y aquí a cada uno: "Yo soy tuyo, me entrego a ti", para que el hombre le pueda recibir y responder, y decir a su vez: "Yo soy tuyo". Por eso nuestras misas se articulan "desde" la Liturgia de la Palabra a la Liturgia Eucarística, como un único acto de culto.

Por tanto, Cristo es la Palabra de Dios hecha Carne y hecha Pan. Ante esta afirmación no faltarán quienes se burlen o se escandalicen como ocurrió ante aquel discurso de Jesús en Cafarnaúm. Nosotros preferimos seguir el ejemplo de los discípulos de Emaús, reconociéndole presente primero en sus palabras y también después en el gesto del partir el pan.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 22/06/14.

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