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Te presento al demonio

01 - febrero - 2015

Te presento al demonio

David Villalón

Domingo IV del tiempo ordinario – Ciclo B

En el evangelio de este domingo encontramos a Jesucristo en la sinagoga, el lugar del culto para los judíos fuera del único templo que tenían, el de Jerusalén. Allí va a enseñar Cristo y se encuentra con la presencia del demonio. “Ah, ¿pero el demonio existe? Eso lo decían antes las personas mayores para meternos miedo. El demonio no existe, deja de escribir tonterías”. Así podéis estar pensando algunos de vosotros pero, tranquilos, seguid leyendo, veréis en qué acaba esto. Sin miedo. La gente que rodea a Jesús lo admira como a alguien famoso. Dicen que habla “con autoridad”, no como otros. Es una persona coherente y eso lo valoran. Pero casi nadie “cree” en Él. Muy pocos tienen fe en Cristo. ¿Extraño? No lo es. Más bien, lógico. No conocen a Jesús. No saben que es el Hijo de Dios, Dios Hijo, el Mesías.

Pero hay uno que está allí que lo conoce muy requetebién. Y se lo dice: “Sé quién eres: el Santo de Dios”. ¿Quién es el que conoce a Jesucristo? El demonio. Porque el demonio existe y estaba dentro de la sinagoga, delante de Dios. No es el opuesto a Dios. No hay igualdad entre Dios y el demonio. Dios es siempre superior, siempre puede más. Por eso se queja el diablo: “¿Has venido a acabar con nosotros?”. Sabe perfectamente que así es. Cristo ha venido a acabar con él. Porque Cristo tiene poder sobre todo lo que existe, también sobre el demonio. “Cállate y sal de él”. El Señor libera a aquel hombre del dominio del mal. Es lo mismo que hace por ti y por mí. El mal, el demonio, el pecado viene a controlarnos, a imponerse sobre nuestra libertad, a no dejarnos ser nosotros mismos, a machacar y destruir nuestra vida.

Sí, el demonio nos odia con todas sus fuerzas, a ti y a mí. “Pero, ¿por qué?”. Porque tú y yo podemos recibir el amor de Dios y podemos entrar en la alegría y en la felicidad de Dios. Y él no quiere. Está permanentemente diciendo “No” a Dios. Por eso arde de envidia hacia nosotros. Nosotros estábamos atrapados entre sus redes y después de la muerte sólo nos quedaba continuar sufriendo fuera de Dios. Pero como Dios nos ama quiere romper con todo esto y envía a su Hijo para que nos salve y nos libere. Aquí todavía podemos vivir enredados en el pecado y sufriendo las consecuencias del pecado de otros, que tal vez nosotros no hemos provocado. Con todo, ahora nuestra vida en la tierra tiene sentido, tenemos esperanza. La Iglesia nos hace conocer a Jesucristo y nos transmite la salvación que ha traído para nosotros, para todos, de cualquier época y en cualquier lugar. Esa salvación, ese cambio de vida sólo se recibe en libertad. ¿Cómo quieres vivir: esclavizado por el demonio o liberado por el amor y la misericordia de Dios?

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 1/02/15.

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