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Una Madre que llora pérdidas

01 - marzo - 2015

Una Madre que llora pérdidas

José Álvarez Esteban

Con la iglesia de San Juan al fondo y con la imagen de la Soledad en alto y recortándose sobre el precioso retablo renacentista de Juan de Montejo y Alonso de Remesal, escribo este comentario. Y es que por estos días de asambleas generales, de triduos, quinarios y novenas, las imágenes abandonan sus puestos y buscan acomodo como en una preparación necesaria para esa otra salida procesional en la Semana Santa. Hay una Semana Santa de epidermis, a treinta días vista, de melodías y recorridos archisabidos, de lugares aprendidos y gestos repetitivos, de olores y de sonidos. Hay otra que se decanta por el interior a vivir unos acontecimientos, que se fraguan, se nutren y consolidan en las celebraciones religiosas. La fe suaviza el jolgorio, la austeridad aporta sintonía y el silencio ambiental se convierte en un elemento estético a la par que religioso. Fuerza es elegir o conjugar el siempre difícil arte de la convivencia. ¿Templo o calle? ¿Y por qué no los dos y de la mano para una cita puntual?

En San Juan y en esta semana hemos estado de “Quinario” y en él con la Virgen al frente. En las mañanas frías de invierno, que hemos sufrido, los fieles han hecho parada y fonda ante la imagen de la Virgen de la Soledad en su camarín. Yo también he cumplido con esa breve estación antes de la misa entre otros “beneficios” porque justo allí se abre y está la salida de la calefacción. Cuando se viene de fuera se agradece y mucho el calor que viene de abajo. María también sopla y aviva el rescoldo de fe, esa fe que amenaza con apagarse, esa fe que se nos congela. El beneficio es doble.

Emociona contemplar esta imagen de la Soledad cuando no hay gente en la iglesia, en esa estudiada semipenumbra de su camarín. María supo de sobra de segundos planos en vida, acertó a mantener las distancias, asistió como de prestado a los principales acontecimientos de la vida de Jesús. En eso se asemeja a tantas otras mujeres, que saben que hay cosas y momentos en la vida que no pueden convertirse en expectación, que no se les debe fijar un recorrido periférico, tan solo por los aledaños de la vida. Las lágrimas de la Soledad son solidarias y curativas, restañan otros tantos llantos de mujeres en el tiempo, las que soportan la dureza del campo, las de las sirvientas baratas o no se sabe bien a qué precio, las que se llenan de hijos o lloran su infecundidad, las abandonadas o vejadas de cualquier forma, las despreciadas por madres solteras o que sufren su sexualidad.

Aquí, a este lugar apartado de la iglesia de San Juan, en el mismo centro de Zamora y a celebrar el Quinario de la Soledad, nos ha traído Jesús como en otro tiempo hizo con sus preferidos Pedro, Santiago y Juan. Él es el hijo de esa madre que llora pérdidas, “que recompone su amor en solitario” (Daniel Pérez) y no quiere disfrutar a solas la alegría de saberse hijo.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 1/03/15.

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