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La mujer: imprescindible en la Iglesia

08 - marzo - 2016

La mujer: imprescindible en la Iglesia

El 8 de marzo se celebra el día de la mujer trabajadora. En este reportaje Viky Esteban se acerca a la realidad de las mujeres en la Iglesia diocesana de Zamora.

Zamora, 8/03/16. “Una Iglesia sin mujeres es como un Colegio apostólico sin María. El papel de la mujer en la Iglesia no es solamente la maternidad, la mamá de la familia, sino que es más fuerte; es precisamente el icono de la Virgen, de María, la que ayuda a crecer a la Iglesia. Pero dense cuenta de que la Virgen es más importante que los Apóstoles. Es más importante. La Iglesia es femenina: es Iglesia, es esposa, es madre”. De esta forma hablaba, recientemente, el Santo Padre sobre el papel de la mujer dentro de la Iglesia y de la labor que ha de desempeñar dentro de ella. Francisco daba, también, un paso más e indicaba: “Es necesario hacer una profunda teología sobre la mujer”.

Precisamente, cuando el día 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, queremos sacar a la luz la vida de algunas de ellas. Las mujeres que, de una forma u otra, están vinculadas a la vida de la Iglesia. Son testimonios de mujeres normales, que viven en Zamora, en la capital o en algún pueblo. Algunas con dificultades económicas, otras con una labor primordial en la formación de los jóvenes, otras cuidando del templo rural y llegando adonde el párroco no llega, y algunas regalando su tiempo a los demás. Perfiles muy diferentes, pero todos necesarios en la Iglesia y en la comunidad en la que desarrollan su tarea.

Un grupo de cinco mujeres forman a los estudiantes del Seminario Menor San Atilano de Zamora: Salomé, Nuria, Teresa, Cristina y Dalia. Ellas imparten las asignaturas de Física y Química, Matemáticas, Plástica, e Inglés, Dalia es la psicóloga- orientadora del Centro.

Las mujeres son mayoría dentro del cuerpo docente y del equipo psicopedagógico del Centro, en el que estudian chicos desde 1º hasta 4º de Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Sobre ellas recae buena parte de la responsabilidad de acompañar en su proceso formativo a algunos de los chavales que el día de mañana serán los sacerdotes de nuestra Diócesis. Una tarea importante dentro de la Iglesia, ya que como ha repetido el obispo de Zamora en varias ocasiones: “El Seminario es el corazón de la Diócesis”.

Si nos vamos hasta la parroquia de San José Obrero es muy posible que nos encontremos con Paca. Ella, allí, es toda una institución. Esta mujer de 74 años lleva “regalando” su tiempo a los demás desde hace 34 años. “Pero a mí también me ayudó mucho la Iglesia cuando me quedé viuda”, recuerda esta veterana voluntaria de Cáritas Parroquial.

Su historia es la de una mujer trabajadora, dentro y fuera de la Iglesia. Con poco más de 40 años se quedó viuda, sin trabajo, con tres hijos y “totalmente hundida”, como ella reconoce. Fue entonces cuando se acercó a la iglesia y allí encontró acogida y apoyo: “don Benito, el cura, me animó muchísimo y también me pidió que me metiera en Cáritas como voluntaria. A partir de ahí mi vida comenzó a ir mejor, fui remontando…Y aquí sigo con buena voluntad”. Antes de todo esto, Paca ya había trabajado mucho en el campo en Sanabria; después emigró a Holanda con su marido y allí trabajó en un hospital y tuvo a su primer hijo; posteriormente se trasladaron al País Vasco y año y medio después llegaron a Zamora donde el matrimonio trabajó en una finca. “Cuando falleció mi marido empecé a trabajar en casas, la finca la dejamos…Y la pensión de viuda era muy baja…Así que tuve que trabajar mucho”.

Y si hablamos de veteranas, no podemos olvidar a las mujeres de la zona rural. Precisamente, en Monfarracinos encontramos a Clemen, quien a sus 82 años continúa “colaborando activamente en todo lo que propone la Iglesia”. Empezó siendo catequista con 14 años, y actualmente forma parte del coro, realiza las lecturas en la iglesia, abre el templo antes de que llegue el sacerdote, cambia los paños del altar… Todo lo que el párroco le indique, junto a otro grupo de mujeres que también echan una mano.

Siempre ha vivido en el pueblo junto a su marido y sus cinco hijos. “Mi marido era agricultor y yo me encargaba del ganado. Además atendía a mis hijos, la casa… Y también ayudaba en la iglesia”, afirma esta feligresa que a día de hoy continúa participando en varias cofradías, asociaciones y actividades de su parroquia.

La vida de Pilar ha sido difícil. Se casó muy joven, dio a luz a cuatro hijos y tuvo que salir huyendo con ellos cuando el maltrato fue constante en su hogar. Una casa de acogida en León les dio cobijo durante algún tiempo. Posteriormente, Pilar regresó a Zamora y llamó a la puerta de Cáritas. “Mercedes (directora de Cáritas) siempre me ha apoyado en lo que ha podido, gracias a Cáritas y a ella hemos salido adelante”, subraya Pilar. Tuvo que trabajar muy duro para sacar adelante a sus hijos menores ella sola: “he trabajado limpiando casas y también tengo una pequeña ayuda por una minusvalía. Tengo que hacer malabarismos para llegar a fin de mes”, asegura esta mujer que hoy continúa recibiendo la ayuda de la entidad. Se presenta como una mujer creyente que se refugia en su fe para seguir luciendo una sonrisa cada día.

La dignidad de la mujer

(De la carta apostólica Mulieris dignitatem de Juan Pablo II)

La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres “perfectas” y por las mujeres “débiles”. Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es “la patria” de la familia humana, que a veces se transforma en “un valle de lágrimas”. Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.

La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina.

La Iglesia pide, al mismo tiempo, que estas inestimables “manifestaciones del Espíritu” (cf. 1 Cor 12, 4 ss.), que con grande generosidad han sido dadas a las “hijas” de la Jerusalén eterna, sean reconocidas debidamente, valorizadas, para que redunden en común beneficio de la Iglesia y de la humanidad, especialmente en nuestros días. Al meditar sobre el misterio bíblico de la “mujer”, la Iglesia ora para que todas las mujeres se hallen de nuevo a sí mismas en este misterio y hallen su “vocación suprema”.

Reportaje publicado en la hoja diocesana Iglesia en Zamora nº 228 (PDF).

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