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Entrevista a Xosé Manuel Domínguez. Revista MISIÓN
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27/05/2021

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Entrevista a Xosé Manuel Domínguez. Revista MISIÓN

Revista Misión

Mayo 2021

Son muchas los expertos de distintas disciplinas que advierten de que vivimos en una época marcada por un fuerte emotivismo. Pero, paradójicamente, también parece que tenemos menos control que nunca sobre nuestras emociones y que vivimos bajo una especie de tiranía de lo emocional. Hoy los indicadores parecen sugerir que hay mucha más ansiedad, depresión, estrés, vacío emocional, heridas afectivas, vidas rotas… Así pues, vayamos por partes. Aunque haya preguntas que puedan parecer reiterativas, se trata solo de enfatizar algunos matices que creo interesantes; si cree haber respondido a una pregunta en una cuestión anterior, puede indicarlo y pasar a la siguiente. La más importante de todas es, sin duda, la última.  

 

En primer lugar, y desde su experiencia clínica: ¿Hay, de verdad, más desequilibrio emocional ahora que hace unas décadas, o es que ahora somos más conscientes de la importancia de las emociones?

En los últimos 20 años el incremento de psicofármacos ha sido exponencial en España. Ya antes de la pandemia España era el segundo país europeo de mayor consumo de ansiolíticos, cuarto en consumo de antidepresivos y sexto en hipnóticos y sedantes (Agencia Española del Medicamento, 2015; Oficina Estadística de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, 2018). Antes de la pandemia el 11% de la población consumía de modo habitual ansiolíticos, relajantes y casi el 6% antidepresivos. Pero si añadimos los que los toman de modo ocasional, podemos estar hablando del doble de los porcentajes mencionados. Esto muestra claramente que estamos ante una situación social de mayor sufrimiento, de mayor debilidad personal. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos citar tres causas que dan lugar a esta situación. La primera comercial: las casas farmacéuticas han llevado a cabo una excelente labor de marketing convenciéndonos de que los afectos negativos naturales (tristeza, ansiedad…) son síntomas de enfermedades que necesitan medicamentos. En segundo lugar, que estamos en una sociedad hedónica y anestésica que nos debilita para aceptar el dolor y sufrimiento que nos toca. Pero, en tercer lugar, y esta es la más destacable, por razón de la inmadurez afectiva generalizada, de la falta de forja del carácter (hay más preparación intelectual y académica que nunca, pero ha decrecido la capacitación moral y la fortaleza anímica). Por último, la pérdida de un horizonte de sentido profundo que oriente la vida y el empobrecimiento de los vínculos comunitarios (muchos están cada vez más aislados y son más individualistas) hace que cada vez más personas sean muy vulnerables ante cualquier adversidad, dificultad, desengaño, frustración o desamor.

 

¿Por qué, justamente en la época de la emotividad, tenemos nuestras emociones tan descontroladas?

Por un lado, las suscitaciones comerciales y culturales promueven el sentimentalismo y la impulsividad, es decir, el que la persona opte y se conduzca acríticamente desde los dictados de la impresión afectiva más fuerte. La apelación (comercial, política, comunicativa…) a los afectos está barriendo los mensajes dirigidos a la inteligencia.

Pero, sobre todo, se han incrementado las heridas afectivas. Somos heridos cuando se ha producido una agresión o una carencia respecto de la necesidad más profunda que tenemos: la necesidad de amor. La herida puede deberse a una agresión grave puntual o a una reiteración de agresiones o carencias. Esperábamos de padre, madre, hermanos, profesores, amigos, amor, atención, respeto, y en alguna ocasión encontramos lo contrario. Esto es lo que produce la herida. Por ejemplo, dos fuentes importantes de heridas y carencias emocionales en jóvenes y niños se deben a la sobreprotección o al descuido y desatención. La falta de referentes parentales (madre o padre sobreprotectores o ausentes) hace que muchas personas sean huérfanos afectivos. Esa sed de afectividad basal -sed de amor-, unida a factores inundatorios que perturban gravemente la maduración afectiva, como la exposición y acceso masivo a la pornografía o como el rechazo social de cualquier compromiso, la debilidad de carácter, favorecen esa labilidad y vulnerabilidad afectiva. El resultado suele ser la interrupción del ciclo de crecimiento personal, dando lugar a fenómenos como la adultescencia (adultos con comportamientos y afectividad adolescente), la indefinición en la identificación sexual, las adicciones como formas de huida y, sobre todo, mucho sufrimiento.

 

¿De qué modo nos afectan las emociones a nuestra vida ordinaria: a nuestras relaciones, a nuestros proyectos, a nuestra salud, ¿a nuestra familia…?

Los afectos, bien sean sentimientos (afectos de larga duración y poca intensidad) o las emociones (afectos de corta duración y mucha intensidad), son la respuesta natural de nuestra afectividad ante la importancia de lo que se hace presente. Gracias a los afectos, evaluamos y valoramos lo que se nos hace presente como conveniente o inconveniente, como congruente con nuestro crecimiento o como rechazable. Los afectos son, por un lado, lo que nos hace vibrar para mostrarnos el relieve axiológico de lo real y, por otro, constituyen un altavoz de nuestros estados internos, de nuestras necesidades. Por tanto, la afectividad, que siempre va unida a la inteligencia y la voluntad, media en todo lo que hacemos y lo favorece. Sentir afecto y saber expresarlo es esencial en mis relaciones familiares, de amistad. Sentir la importancia de un proyecto es el impulso que me lleva a optar por él…  Pero hay varias circunstancias en las que nuestra afectividad puede perturbar todas estas realidades: cuando hay una atrofia o una hipertrofia. Si la afectividad no vibra (porque ha sido ahogada, porque por educación se ha impedido su expresión, porque ha sido cauterizada por comportamientos desordenados, porque ha sido herida…) se produce dificultades en la relación con los demás. Si, por el contrario, la afectividad está hipertrofiada, estamos ante el fenómeno del sentimentalismo propio de las personas inmaduras. El genial filosofo Dietrich von Hildebrand ha estudiado esto en su libro Deformaciones y perversiones de la moral y también a este tema he dedicado mi libro De todo corazón y Psicología de la persona. Además, los afectos negativos como la tristeza, la ira o el miedo (que no son malos en sí), si no se saben gestionar adecuadamente y se hacen intensos y persistentes, afectan gravemente a la salud psíquica y física.

 

 ¿Cuáles son las principales heridas afectivas y emocionales más frecuentes hoy entre los adultos?

 Las heridas afectivas son daños psíquicos cuya causa común son o bien un desorden (producido por uno mismo o por otro) que afecta al propio vivir como persona o bien una carencia de amor, producidas por alguna de estas causas:

Respecto del primer caso, pueden ir desde comportamientos personales que no respetan la propia dignidad, que no permiten el crecimiento personal, el vivir desde un sentido o una adecuada relación comunitaria. Vivir de modo hedonista, espiritualista, sentimental, intelectualista o voluntarista termina hiriéndome a mí y a los demás.

Respecto del segundo caso, me hieren los desamores que pueden proceder de que…

  • ü No me manifestaban afecto, no me abrazaban ni me manifestaban cariño físico
  • ü Me humillaban, me insultaban, me despreciaban, me golpeaban
  • ü No me valoraban
  • ü Me abandonaron, me rechazaron.
  • ü Me culpaban
  • ü Mis padres no estaban presentes cuando los necesité
  • ü Mi padre/madre era agresivo/a
  • ü No me atendieron, no tenían tiempo para mí, les era indiferente
  • ü Abusaron de mí física, sexual, psíquica o moralmente,
  • ü Me manipularon
  • ü Me comparaban

 

Y, ¿cómo podemos ir “más allá de las heridas”?

 En mi curso online ‘Acompañamiento de heridas interiores’ (www.institutodafamilia.es) o en mi libro ‘Más allá de tus heridas’ (Ed. Kahf) propongo un itinerario de acompañamiento para quien tenga herida.  Ante todo, tengo que decir que para sanar heridas, para ir más allá de las heridas, hay que ir de la mano del otro. NO existe la autosanación o la autoayuda. Por supuesto que es uno el que ha de ponerse en marcha para su sanación, quien ha de querer hacerlo. Pero dado que somos seres comunitarios, necesito caminar con otro, ser acompañado. A veces con un acompañamiento riguroso, otras amical, y otras terapéutico. Pero, como dice Buber, la sanación viene del encuentro.

En todo caso, el primer paso siempre viene por fortalecer a la persona. Y esto pasa, en primer lugar, por ayudarle a recuperar su filautía, que va mucho más allá de la autoestima. La filautía es el amor a uno mismo al descubrir la propia dignidad. A partir de ahí, es posible ir más allá de mis heridas, transfigurarlas, cuidarlas. Aunque haya acompañamiento, será cada persona la que tenga que descubrir sus propias necesidades no cubiertas, ver sus carencias (que habitualmente se ocultan tras ropajes y personajes diversos), aceptarlas y decidir atenderlas. Luego habrá que fortalecer el sentido existencial, habrá que sanar relaciones (evitando, por ejemplo, las dependencias emocionales) y desarrollar estrategias que me permitan tomar las riendas de la vida. Primero, pues, no combatir lo oscuro sino ampliar la luz.

Luego, habrá que caminar hacia adelante y hacia arriba. El segundo paso será intervenir en la herida, tomando conciencia de cómo se afrontaron. Hay personas cuya agresividad permanente, o su depresión, o sus desórdenes alimenticios o sexuales o su dependencia emocional o sexual con personas del mismo sexo responden a modos de supervivencia afectiva. Son las maneras en que han podido salir adelante tras sus heridas. Por eso es importante ni condenarlas, ni patologizarlas sino comprenderlas en su función. Pero luego, hay que invitar a la persona a que opte por dejar el victimismo y se haga con las riendas de su vida, Para eso, el primer paso siempre es poner distancia con la fuente de su herida y la aceptación de lo que ha sucedido. Luego, llegará el aprendizaje para regular afectos y, finalmente, la persona se hará responsable de su propia herida.

 

¿Qué es la “atrofia afectiva”, que describes en tu último libro, y cómo se puede reconducir?

  La atrofia afectiva, en tanto que pérdida de tensión o capacidad de ser afectada la persona, cobra variadas formas:

  1. Intelectualismo, por el cual la persona mira a la realidad y a las demás personas como objeto de estudio, como mero espectador en busca del concepto que la categorice, a distancia de cualquier participación en lo analizado. La persona evita así cualquier complicación o implicación afectiva en lo observado.
  2. Pragmatismo que desdeña, por superflua e inútil, toda experiencia afectiva. Sólo es sensible para aquellas pasiones que mueven con eficacia a la acción. Sólo cuenta lo exitoso, lo productivo, lo legal.
  3. Voluntarismo, propia de quien sólo admite el deber mirando con sospecha todo movimiento afectivo. Se lucha por la apatía, por la indiferencia, y se pretende la supresión de la vibración afectiva.
  4. Dureza de corazón, que supone una muerte del corazón, aniquilada por orgullo o por los impulsos o pasiones no integradas. No son capaces de conmoverse, aunque sean apasionados. Incapaces de sentir alegría ni tristeza, sólo se orientan por la ambición, el poder, la codicia o la avaricia.
  5. Heridas del pasado, que son vividas con amargura, con resultado de cerrazón de corazón. Así ocurre con una traición, con una humillación, por sentirse utilizado, por haber sufrido un desgarro afectivo por abandono o desaparición del amado, por incapacidad personal para el afecto.

 

Aunque sería muy largo de explicar, y tiene mucho que ver con lo dicho en la sanación de heridas, de la atrofia afectiva solo se sale por metacardia. No por mera metanoia (cambio de pensamiento) sino por metacardia, por cambio de corazón, por cambio de vida. Y dada la esclerocardia de quien así vive, esto se suele propiciar cuando ocurre algo muy doloroso o cuando queda la persona muy vulnerable por alguna razón. Cuando tiene que abrirse a otro, aunque sea por necesidad, puede producirse este acontecimiento. Un paradigma de esto es la Parábola del hijo pródigo en el Evangelio.

 

No sé si es correcto emplear inteligencia emocional y salud emocional como expresiones sinónimas. En todo caso, ¿por qué es importante tener una correcta inteligencia/salud emocional? ¿En qué consistiría ser una persona emocionalmente sana/inteligente?

Podemos decir que una persona tiene una correcta inteligencia afectiva y está sana psíquicamente, en lo referente a los afectos, cuando…

  1. Logra tomar de conciencia de sus afectos. Para ello hay que reconocer y saber nombrar las diversas emociones y sentimientos, reconociendo nuestras propias reacciones afectivas y corporales ligadas a las anteriores.
  2. Saber interpretar lo que nos dicen los sentimientos y emociones sobre nosotros (hermenéutica afectiva).
  3. Aprender a gestionar adecuadamente las propias emociones y sentimientos. Lograr, así, mayor tolerancia a la frustración, mayor control de la ira, verbalizar más y agredir menos, ser capaz de expresar verbalmente los sentimientos. Se trata también de adquirir el control del estrés, de promover los sentimientos positivos y lograr un mayor autocontrol y menor impulsividad.
  4. Ganar en empatía, estando atento a lo que sienten los otros, sabiéndoles escuchar.
  5. Ser capaz de relaciones personales afectivas fluidas, comprendiendo la relación, sabiendo cómo actuar en los conflictos, aprendiendo a negociar diferencias, ganando en asertividad, en ser más atractivo socialmente, en capacidad de preocuparse por los demás, en ser cooperativo y participativo.
  6. Tener una afectividad integrada con la inteligencia y la voluntad, que vibre ante lo importante y que permita reconocer la jerarquía objetiva de valores, cuya cúspide es el valor de la persona (¡y de la Persona!),

 

Visto desde otro ángulo, ¿cómo podemos controlar nuestras emociones para no ser esclavo de ellas? ¿hay pautas concretas que nos puedan servir a todos para “romper las cadenas” de las que hablas en Más allá de las heridas

En el libro y el curso que antes he mencionado dedico una gran extensión a explicar este aspecto tan importante. En general, regular afectos es canalizarlos para impedir que se desborden para que me puedan servir como impulso, como fuente de información sobre mi mismo y sobre la realidad.

Como los afectos están modulados por lo que pienso sobre lo que me sucede, muchas veces la primera intervención es cognitiva, sobre mis pensamientos. Cambiando mi interpretación de lo que me sucede cambian mis afectos. Evitar así generalizaciones (‘Todo me sale mal’, ‘Nadie me quiere’), la focalización en lo negativo (‘no puedo con esto’), etc. son acciones necesarias.

También ayuda a esta gestión afectiva aprender a cambiar la queja por la resolución del problema, a cambiar la narración negativa de lo que me sucede por un lenguaje interno positivo, dejar de rumiar lo que me ha sucedido y, sobre todo, cultivar afectos positivos, como a través del agradecimiento continuo o del humor.

 

¿En qué consiste la sanación espiritual y por qué es tan importante?

El terapeuta no sana. El acompañante no sana. Su papel es el de ser un medio de sanación. Su actividad responde a una llamada: la llamada a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar a los demonios.

Pretender que el terapeuta, el psicólogo, el acompañante o coach, sanan por sus propios poderes supone una especie de chamanismo. Pretender que la psicología o la psiquiatría sanan por sí mismo, es gnosticismo.

La persona tampoco se sana a sí misma. Pretender que la persona se sana por sí misma desde sus fuerzas supone pelagianismo.

La persona herida es sanada. Y toda sanación, si es integral, si es profunda, procede de la dimensión espiritual de la persona. La sanación ocurre en el corazón, en el interior. Pero no es la persona la que se sana a sí misma. Es el Espíritu, que da vida, el que vivifica el corazón.  Es el Espíritu quien da vida y el que restaura a la persona, poco a poco, a su imagen originaria.  Es esta sanación la que restaura la persona, la que le permite su plenitud, su apertura a sí, a los otros y a Dios, la que restablece su sentido profundo y le libera su capacidad de amar.

Quien acompaña a alguien herido debe promover el despertar y el crecimiento espiritual del acompañado, porque esta es la clave profunda de toda sanación afectiva y persona. Para eso, hay un camino que comienza con experiencias (el silencio, la meditación, la oración, el contacto con personas de alto voltaje espiritual que sean testigos, la lectura, la reflexión… ) que conducen al (re)descubrimiento de la propia llamada, al (re)descubrimiento de lo valioso, a descubrir la autotrascendencia (La autotrascendencia es el hecho de que el ser humano está vuelto, dirigido, orientado hacia alguien o algo para, comprometiéndose donativamente con esta realidad, realizar así su vida. Es este salir de los propios límites lo que dota de sentido a la vida de la persona. Por ello, la persona es, ante todovoluntad de sentido). Este despertar espiritual (que puede ser pórtico y preambulo del despertar religioso) es la clave última donde puede ocurrir la metacardia.

 

 

 

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