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La Palabra del 26 de septiembre
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26/09/2021

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La Palabra del 26 de septiembre

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He aquí las colaboraciones habituales en prensa que, por razones ajenas a nosotros, no se han publicado hoy:

HORIZONTES ABIERTOS Y AMPLITUD DE MIRAS

El problema de los celos viene desde antiguo. Tanto en la lectura del libro de los Números como en el evangelio que se proclama este domingo se narra una historia similar. En aquella, Josué pidió a Moisés que prohibiera a dos ancianos dejarse guiar por el espíritu de Dios. En el fondo Josué deseaba que Dios se sometiese a Moisés.

Algo parecido narra el evangelio de hoy (Mc 9, 38-40). A Juan le molestaba que alguien viviera del espíritu divino sin ser controlado por la autoridad humana. Se inquietaba al ver que uno hace milagros en nombre de Jesús, pero no pertenece a su grupo. Desearía que todo el bien que florece en el mundo llevara la marca de su propio equipo. En el fondo, Juan quiere someter el Espíritu a la disciplina de su grupo. Jesús reprende el celo de Juan diciendo: “No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Jesús es más abierto que sus seguidores. En realidad Jesús conoce bien a Dios y sabe que el Espíritu sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere. Tiene alas grandes y vuela alto, en horizontes abiertos y con amplitud de miras.

A veces los cristianos no terminamos de superar una mentalidad de religión privilegiada pensando que él se manifiesta solo en los que visten como nosotros, hablan como nosotros e inciensan como nosotros. Esto nos impide apreciar todo el bien que se promueve y mueve en ámbitos alejados de la Iglesia, incluso de la fe.  Una falsa interpretación del mensaje de Jesús nos ha conducido, a veces, a identificar el Reino de Dios con la Iglesia. Y sin embargo no es así. El Reino de Dios se extiende más allá de la institución eclesial. El Reino de Dios es más amplio que la Iglesia. No solo crece entre los cristianos, sino entre todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen crecer en el mundo la justicia, la paz, la fraternidad. “Secretamente, quizá, pero realmente, no hay un solo combate por la justicia –por equívoco que sea su trasfondo político- que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino, se sepa o no. Él lo sabe” (G. Crespy).

Los cristianos hemos de valorar con gozo todos los logros humanos, grandes o pequeños, y los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por modestos que nos puedan parecer. Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan ser de los nuestros, “están a favor nuestro”, pues están trabajando por un mundo más humano.

Amigo lector, llegados a este punto, solo nos queda recordar las bienaventuranzas de Jesús que, a modo de cartas de buenaventura, nos invita a trabajar por el reino de Dios y su justicia. Ojalá aciertes en el juego y te salga bien ¡Feliz domingo!

Juan Luis Martín Barrios

Cultura de integración

 Pensemos por un momento lo que ocurriría si de repente tuviésemos que abandonar nuestra casa a causa de una catástrofe natural, o escapar del país por riesgo real de nuestra vida, o buscar por otras latitudes el futuro digno que aquí se nos resiste ¿Cómo afrontaríamos ese tránsito? ¿Qué meteríamos en la maleta? ¿Qué esperaríamos de nuestros futuros vecinos? ¿Seríamos respetados o proscritos en nuestro nuevo destino?

Si más allá de un juego puramente intelectual, tuviésemos que responder vitalmente a esas preguntas, todas nuestras seguridades se tambalearían como una caña azotada por el viento. Fragilidad, angustia, abandono, soledad y rechazo son algunas de las experiencias de millones de seres humanos, condenados a huir de su tierra, a despedirse quizá por última vez de su familia, a hipotecar su escaso patrimonio o a echarse en los brazos de las mafias sin escrúpulos, que comercian con seres humanos como si de carnaza para las bestias se tratara.

Hoy la Iglesia celebra la Jornada del migrante y refugiado y nos recuerda que urge poner todo el esfuerzo en “constituir, con todos, un sistema que normalice la migración legal y segura a largo plazo”. Es preciso una nueva cultura, que se base plenamente en una “ética apoyada en los derechos humanos, en el horizonte de fraternidad universal y en el derecho internacional”.

Las migraciones humanas no responden al capricho de nadie. Millones de seres humanos no tienen opción. Y este panorama no parece que vaya a cambiar porque el modelo de ciudadanía occidental no contempla el planeta como la casa común. Hemos crecido pensando que los problemas de los zamoranos se solucionan en Zamora, los de los castellanoleoneses se resuelven en Valladolid y los de los españoles en el Parlamento de la nación. Error. La historia de la humanidad nos ha enseñado una y otra vez que navegamos todos en el mismo barco. Baste como ejemplo el drama del COVID para ilustrar que, solo alcanzando eso que se ha dado en llamar “inmunidad de rebaño”, o las ovejas se salvan todas o no se salva ninguna. La cultura de la integración cambia el paradigma de la historia y plantea que la interconexión es absolutamente innegociable: o nos libramos juntos o cascamos juntos.

A lo largo de su magisterio, el papa Francisco continuamente llama la atención sobre el sufrimiento de quienes han tenido que abandonar sus hogares. Su grito es una invitación constante a la solidaridad entre las personas y entre los pueblos, exigiendo que los estados puedan articular legalmente mecanismos de acogida y corredores humanitarios para los refugiados y migrantes. Sus tristezas, sus alegrías son nuestras tristezas y alegrías. Su valiente resistencia ante la adversidad es una extraordinaria lección de vida para quienes vivimos asentados en la seguridad del primer mundo. Toda la comunidad humana es una gran familia y ese es el gran reto de nuestros gobernantes, a saber: orquestar un nuevo paradigma en el que todos tengamos un digno lugar para vivir.

Juan Carlos López Hernández

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