28/04/2013

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Iglesia en Zamora 165: la Pascua

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Muy queridos amigos:

Proseguimos aprovechando los bienes que nos aporta la Pascua, ya que por ella estamos unidos a Cristo Resucitado, que nos hace partícipes de su vida filial, de tal modo que somos adheridos al Padre Dios y somos enviados a compartir la experiencia cristiana con los otros hombres y mujeres que conviven con nosotros.

Reconocemos que la experiencia cristiana, en primer lugar, ha de vivirse en primera persona, como una convicción interior que cada cristiano ha asumido y procura cultivar y mantener. Por esta experiencia se siente vinculado con Cristo, aceptándolo como el eje fundamental desde el cual desarrollar todos los ámbitos de su vida.

A la vez de ser una experiencia personal, también la vida de fe es una vivencia pública, en cuanto que la fe no puede quedar reducida a la esfera de las convicciones íntimas, sino que ha de repercutir en la vida cotidiana, así como ha de ser el criterio que oriente y modele los comportamientos y relaciones de cada cristiano en su vida social.

Por eso la Pascua nos motiva a desvanecer una tendencia que pretende encerrar la vida de fe de los cristianos en su esfera más privada, o en todo caso, dejándola reducida a la expresión comunitaria dentro de las iglesias. Con ello se postula excluir y dificultar la presencia pública de los creyentes desde sus motivaciones cristianas.

Ante este planteamiento nos corresponde señalar que los cristianos nos sabemos enviados por Cristo para que, en medio de las diversas realidades de nuestro mundo, aportemos nuestra singular contribución, a lo cual estamos legitimados ya que nuestra fe nos cualifica para integrarnos en medio de la sociedad desde nuestra identidad propia.

Comprendemos esta presencia pública de los cristianos a partir de las imágenes evangélicas de la “luz” y la “sal”, debido a que el Señor Jesús nos ha asociado a su misión iluminadora y sanadora a favor de todas las personas y los diversos pueblos. O sea, nos sentimos enviados ante los hombres para compartirles los valores evangélicos.

Así celebrar la Pascua intensifica nuestra identidad misional por la que todos los creyentes somos destinados por Cristo para irradiar la vida nueva que en Él se nos ofrece. Esto implica que estamos llamados a manifestar y realizar las relaciones interpersonales y los criterios de compromiso social que Jesús enseña en el Evangelio.

Por lo cual los cristianos somos constituidos en testigos del Reino de Dios en medio y para el bien de nuestra sociedad. De tal modo que Cristo nos encomienda anunciar expresamente a los otros el designio de Dios sobre la humanidad como Él personalmente lo hizo. Así como también nos reclama sembrar con nuestras actuaciones los valores que construyen el mundo según el propósito de Dios. O sea, nos corresponde actuar, en nuestros comportamientos personales y en las estructuras sociales, según la justicia, la libertad, la paz y la solidaridad. Para promover esto nos sentiremos identificados con cuantos compartan estos principios. Como también confiamos que en esta amplia misión estamos acompañados por Jesús, Señor de la Vida.

+ Gregorio Martínez Sacristán, Obispo de Zamora

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