Comunicación

15/01/2021

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La mejor previsión

Después de esperar pacientemente en la recepción del Hogar de los ancianos, Josefina sonrió muy dulcemente cuando le avisaron que su habitación estaba lista. Mientras ella maniobraba su andador hacia el ascensor, preguntó a la monjita que le acompañaba.

—¿Hay biblioteca?

—Sí, pequeñita, ¿por qué?

—Porque, ¿sabes?, yo pienso que una se hace mayor cuando pierde el interés por aprender. Para mí la felicidad no depende de lo exterior, aunque ayude, claro; depende de cómo yo arregle mi mente. Mientras aprendo crezco, y eso me hace feliz.

Es una decisión que tomo cada mañana al levantarme. Y me digo: Josefina, estas son tus posibilidades: puedes pasarte el día en cama enumerando las dificultades que tienes con las partes de tu cuerpo que ya no funcionan, o puedes levantarte de la cama y agradecer por las que sí funcionan.

Cuando sor Dolores me contó esta anécdota, me acordé de Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592) filósofo, escritor, humanista y moralista del Renacimiento, autor de los Ensayos y creador del género literario conocido en la Edad Moderna como ensayo.  Él escribió: De joven estudié por ostentación. Luego, un poco, para instruirme. Ahora para divertirme. Pero nunca para lucrarme.

Al inmortal Aristóteles (384-322 a. C) se le atribuye esta frase: El estudio es la mejor previsión para la vejez. Sí, el verdadero estudio —un poco distinto del que se impone en la escuela por obligación— florece desde la pasión y, a menudo, se convierte en una especie de divertimento, incluso en una fiesta.

Una mente —a cualquier edad— abierta al deseo de aprender, está continuamente abriéndose horizontes, quitándose de encima la costra de la ignorancia, haciendo gozar su espíritu con la belleza, moviendo incansablemente su corazón espoleado por la búsqueda, y exaltando su mente con el descubrimiento de la verdad.

Estudiar por placer —de jóvenes o de mayores— nos permite ampliar nuestro círculo social, pues podemos conocer y contactar con personas de diversas condiciones. Esto contagia la vitalidad y el entusiasmo que supone enfrentarse al reto de adquirir conocimientos, y, por qué no, disfrutar de titulaciones. Asimismo, cualquier actividad intelectual, ayuda a entrenar y mantener la memoria, a la vez que previene el deterioro cognitivo.

He dedicado la mayoría de mi vida profesional a la docencia, y experimenté el amargo dicho de Séneca: aprendemos para la escuela, no para la vida. 

Una pena, porque el estudio es la mejor previsión para la vejez. Aristóteles lo dijo.

Antonio Rojas
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