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La Diócesis premia a quienes abren sus templos y a Héctor David Pulido
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19/09/2026

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La Diócesis premia a quienes abren sus templos y a Héctor David Pulido

La Diócesis de Zamora celebrará el próximo sábado 3 de octubre la sexta edición de los Premios San Atilano, unos galardones con los que reconoce públicamente la trayectoria y el servicio de personas y colectivos que contribuyen al bien de la Iglesia y de la sociedad zamorana.

 

El acto tendrá lugar a las 12 horas en el salón de actos del Seminario San Atilano y estará presidido por el obispo de Zamora, Fernando Valera.

En esta edición, el Premio San Atilano en la categoría eclesial ha sido concedido a los trabajadores y trabajadoras del Programa de Apertura de Monumentos de la Diócesis de Zamora. En la categoría social, el reconocimiento ha recaído en Héctor David Pulido García, anterior jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Zamora.

Las personas que mantienen abiertas las puertas del patrimonio

El premio de la categoría eclesial reconoce de manera colectiva a quienes hacen posible que numerosas iglesias y ermitas de la diócesis, muchas de ellas situadas en pequeñas localidades del medio rural, puedan permanecer abiertas y ser conocidas por vecinos y visitantes.

Su labor va más allá de abrir y cerrar las puertas de los templos. Estas personas acogen, orientan y ayudan a descubrir unos espacios que conservan siglos de arte, historia, fe y memoria compartida. Su presencia permite acercar el patrimonio religioso a la sociedad y contribuye a custodiarlo y mantenerlo vivo.

La Diócesis quiere poner así en valor un trabajo discreto, pero imprescindible. Detrás de cada templo abierto hay personas que lo cuidan, lo muestran y reciben a quienes desean conocerlo. Gracias a su dedicación, estas iglesias continúan siendo lugares vivos y accesibles, especialmente en pueblos afectados por la despoblación.

Héctor David Pulido, un servicio cercano a la provincia

El Premio San Atilano en la categoría social ha sido concedido al teniente coronel Héctor David Pulido García por su servicio a la provincia, su cercanía a la población y su atención particular a las necesidades del medio rural durante su etapa al frente de la Comandancia de la Guardia Civil de Zamora.

Pulido asumió esta responsabilidad en 2020, después de más de veinte años de trayectoria profesional en el cuerpo y de haber desempeñado distintos puestos de responsabilidad. Tras concluir su etapa en Zamora, se ha incorporado a la Escuela de Tráfico de la Guardia Civil en Mérida.

Durante sus años en la provincia promovió una forma de trabajo atenta a la realidad de un territorio extenso, envejecido y disperso. Entre las iniciativas desarrolladas destaca la mejora de la formación y la coordinación de los dispositivos de búsqueda de personas desaparecidas en el medio rural, así como la celebración de jornadas especializadas en este ámbito.

También se reforzó la atención a las personas mayores y vulnerables mediante iniciativas como el Plan IDOSO, orientado a prevenir riesgos y facilitar una respuesta más rápida ante posibles situaciones de emergencia.

El reconocimiento valora igualmente su presencia constante en la vida institucional y social de Zamora y una manera de entender el servicio público basada en la proximidad, la escucha y el compromiso con las personas.

Con estos dos galardones, la Diócesis de Zamora agradece dos formas complementarias de servicio: la de quienes mantienen abiertas las puertas de un patrimonio que pertenece a la memoria de todos y la de quien ha trabajado por la seguridad, la protección y el cuidado de la población zamorana.

Los Premios San Atilano quieren ofrecer referentes concretos de entrega, responsabilidad y compromiso con el bien común, en sintonía con los valores del Evangelio.

Tras la ceremonia de entrega de los galardones, se ofrecerá un ágape a los asistentes en las dependencias del Seminario San Atilano.

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La S. I. Catedral acogerá el próximo martes, 15 de septiembre, a las 10:00 horas, la celebración de la Santa Misa con motivo del aniversario de su dedicación. La Diócesis de Zamora invita a los fieles a participar en esta celebración en la iglesia madre de la comunidad diocesana. La Catedral del Salvador comenzó a construirse en el año 1151 sobre los restos de un templo anterior de menores dimensiones. Aunque las obras todavía no habían concluido, fue consagrada por el obispo Esteban el 15 de septiembre de 1174. Se cumplen, por tanto, 852 años de aquella dedicación. Esta celebración va más allá del recuerdo de un acontecimiento histórico o de la relevancia artística y patrimonial del principal templo de la diócesis. La catedral es la iglesia madre de la Iglesia particular de Zamora y el lugar en el que el obispo convoca a las distintas comunidades cristianas como una única familia. Su nombre procede precisamente de la cátedra del obispo, signo de su misión de enseñar, santificar y acompañar pastoralmente al Pueblo de Dios. La catedral se convierte así en expresión visible de la comunión de toda la diócesis y de la fe que une a quienes forman parte de ella. La Dedicación de la Santa Iglesia Catedral tiene la categoría litúrgica de solemnidad en el propio templo y de fiesta en el conjunto de la diócesis. La Eucaristía comenzará a las 10:00 horas y esta abierta a la participación de todos los fieles.
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La Universidad Pontificia de Salamanca inicia su andadura académica en Zamora de la mano de la Diócesis y la Fundación ZamorArte con la puesta en marcha del Programa Superior Senior en Patrimonio Cultural de Zamora, una nueva propuesta formativa dirigida a personas mayores de 50 años que comenzará el próximo 13 de octubre en el Seminario San Atilano. El programa lo presentó esta mañana el obispo de Zamora, Fernando Valera; el gerente - ecónomo de la Diócesis, José Manuel Chillón; y el director de la Fundación ZamorArte, Juan Carlos López. La iniciativa nace con el propósito de ofrecer a las personas mayores un espacio propio para continuar aprendiendo, descubrir nuevas perspectivas y profundizar en el conocimiento de un patrimonio que forma parte de su propia historia y de la identidad de Zamora. “Este proyecto lo presento con verdadera ilusión”, reconoció Fernando Valera, quien explicó que responde a una convicción compartida desde hace tiempo por la Diócesis: “Zamora tenía pendiente una deuda hermosa: ofrecer a nuestros mayores un espacio propio para seguir aprendiendo, para seguir asombrándose y para seguir creciendo por dentro”.   El obispo insistió especialmente en la dimensión humana de una propuesta “pensada de principio a fin para las personas mayores de 50 años” y que nace “del cariño de esta Diócesis por quienes han dado ya tanto a nuestra tierra y a nuestras familias”. Frente a una concepción de la edad adulta como una etapa de repliegue, Valera reivindicó la capacidad de seguir aprendiendo y descubriendo: “No son historia pasada, sino presente optimista y futuro esperanzado”. En este sentido, recordó que cuidar a las personas mayores “no es solo atender sus necesidades materiales, sino también alimentar su curiosidad y su alegría de vivir”.   Zamora como aula El patrimonio cultural zamorano será el gran hilo conductor de esta primera edición. El programa se estructura en cuatro grandes módulos: el significado espiritual del románico, las bellas artes, la historia local y el legado musical, abordados desde perspectivas complementarias y con una importante presencia de especialistas vinculados a Zamora. Más de 30 profesores participarán en esta primera edición, entre docentes procedentes de las universidades de Valladolid, Salamanca, León y de la propia Universidad Pontificia de Salamanca, junto a historiadores, arquitectos, musicólogos, artistas y profesionales zamoranos. La formación combinará las sesiones académicas con el conocimiento directo del patrimonio. Los participantes se acercarán, entre otros ámbitos, a la Milla Románica, el Museo Diocesano, el patrimonio modernista de Zamora y el Museo Etnográfico de Castilla y León, además de conocer diferentes experiencias relacionadas con la conservación, puesta en valor y gestión sostenible del patrimonio cultural. “No se trata de acumular datos —explicó Valera—, sino de que cada alumno pueda mirar su ciudad y esta diócesis con otros ojos y descubrir que la belleza que le rodea desde siempre tiene mucho que decirle todavía”. El obispo situó así el proyecto dentro de una concepción del patrimonio en la que cultura y fe mantienen un diálogo permanente. “Esa belleza que de Dios procede y a Dios conduce”, señaló antes de definir el Programa Superior Senior como “un proyecto de esperanza”: esperanza en una etapa vital que puede seguir siendo de descubrimiento, en la capacidad del arte y la fe para ayudar a vivir con plenitud y en las posibilidades que Zamora continúa ofreciendo a quienes la habitan.       “La Ponti llega a Zamora y llega para quedarse” El gerente-ecónomo de la Diócesis, José Manuel Chillón, destacó durante la presentación el significado que tiene para la institución la llegada de la Universidad Pontificia de Salamanca a la ciudad. “Este ha sido un empeño personal del obispo: traer la Universidad Pontificia de Salamanca a Zamora”, señaló Chillón, que resumió el alcance del proyecto con una expresión: “La Ponti llega a Zamora y llega para quedarse”. En este contexto, desde el Centro de Enseñanzas Propias de la Universidad Pontificia de Salamanca se va a tramitar un convenio marco de colaboración con la Diócesis de Zamora, que permitirá dar continuidad y respaldo institucional a esta relación académica y abrir la puerta al desarrollo de nuevas iniciativas formativas conjuntas en el futuro. El Seminario San Atilano se convierte de este modo en el espacio que acogerá esta nueva actividad académica y formativa. El programa nace, además, con vocación de continuidad, con el propósito de ofrecer cada curso nuevas propuestas monográficas que permitan a los participantes seguir ampliando su formación. Chillón subrayó también el carácter pionero del formato y la calidad del profesorado que participará en él: “Nuestros mayores de 50 años se van a encontrar no solo con calidad docente y con la posibilidad de conocer espacios que probablemente nunca hayan recorrido de esta manera, sino también con la oportunidad de ser pioneros de una nueva forma de educar y formar a nuestros mayores”.   40 horas de formación por 75 euros El Programa Superior Senior en Patrimonio Cultural de Zamora contará con un total de 40 horas de formación y se desarrollará desde el 13 de octubre de 2026 hasta el 4 de mayo de 2027, con carácter general los martes y jueves, de 17.00 a 18.00 horas, en el Seminario San Atilano. La inauguración oficial tendrá lugar el 13 de octubre y contará con una lectio inaugural a cargo del obispo, Fernando Valera. El curso finalizará el 4 de mayo con el acto de clausura, entrega de titulaciones y graduación de los participantes. La matrícula tiene un precio de 75 euros para todo el curso, con el objetivo de facilitar el acceso al mayor número posible de personas interesadas. Desde la Fundación ZamorArte, su director, Juan Carlos López, agradeció la confianza depositada nuevamente en la Fundación para formar parte de esta iniciativa y ha recordado que “el patrimonio como objetivo siempre es nuestro interés fundamental”. La participación de ZamorArte permitirá incorporar al programa su experiencia en conservación, restauración, divulgación y gestión del patrimonio cultural, entendiendo este legado no solo como un conjunto de bienes que deben protegerse, sino como un recurso al servicio de las personas y del territorio. El proyecto cuenta también con el apoyo de la Fundación Caja Rural de Zamora.   Inscripciones El programa está dirigido a personas mayores de 50 años. La inscripción se realizará mediante un sencillo impreso de matrícula y el abono de los 75 euros correspondientes al curso completo. Los participantes recibirán al inicio del programa los materiales necesarios para el seguimiento de las sesiones. Con esta iniciativa, la Diócesis de Zamora amplía su compromiso con la formación y con la apertura de sus espacios a la sociedad, al tiempo que fortalece la colaboración con la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación ZamorArte para hacer del patrimonio cultural un espacio de conocimiento, encuentro y aprendizaje a lo largo de toda la vida.  
08/09/2026más info
Fernando Valera culmina en Alba cinco días de visita pastoral, escucha y esperanza
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Cinco días, 22 parroquias y decenas de encuentros han permitido al obispo, Fernando Valera, acercarse a la realidad humana, social y eclesial de la comarca de Alba. Desde Olmillos de Castro, primera parada en la mañana del miércoles, hasta la celebración conjunta que este domingo ha reunido en Carbajales de Alba las cruces procesionales de todas las comunidades, la visita pastoral ha dejado una misma imagen: la de una Iglesia rural pequeña en número, pero sostenida por la fidelidad de quienes continúan rezando, celebrando y cuidando la vida de sus pueblos. La visita pastoral regresaba a esta zona doce años después. No ha sido únicamente un recorrido por templos ni una revisión de necesidades materiales. En cada localidad se ha repetido, con las peculiaridades propias de cada comunidad, un esquema sencillo: acogida del obispo, oración, presentación de la historia y de la realidad actual de la parroquia, diálogo con los fieles y una palabra de Fernando Valera mirando hacia el futuro. Así, junto a la despoblación, el envejecimiento o la dificultad para conservar un patrimonio que supera muchas veces las posibilidades de comunidades muy pequeñas, han aparecido también la fidelidad de los mayores, el trabajo silencioso de quienes mantienen abiertas y cuidadas las iglesias, la riqueza de las devociones populares y, sobre todo, la necesidad de avanzar hacia una Iglesia en la que cada bautizado asuma su responsabilidad. Miércoles, 2 de septiembre | Alba Norte: comenzar escuchando La visita comenzó en Olmillos de Castro y continuó durante la mañana por Navianos de Alba y Perilla de Castro, donde el obispo presidió la Eucaristía. Por la tarde, el recorrido llevó a Fernando Valera hasta Santa Eufemia del Barco, Losilla de Alba y Marquiz de Alba. Era la primera de las seis jornadas previstas en esta fase de Alba. El repique de las campanas acompañó la llegada del obispo a unos pueblos en los que vecinos, responsables parroquiales y, en varios casos, alcaldes y concejales quisieron participar en la acogida. En Olmillos hubo tiempo también para acercarse a quienes representan la memoria viva de estas comunidades, como Manuela, de 96 años, y Teresa, de 100. A lo largo del día fueron apareciendo algunas de las cuestiones que atravesarían después toda la visita: la pérdida de población, el envejecimiento, la ausencia de relevo generacional y la preocupación por conservar los templos y sus bienes. Fernando Valera invitó a contemplar esta realidad sin resignación y recurrió a la imagen de la naturaleza que, después de un incendio, vuelve lentamente a regenerarse: también las comunidades cristianas están llamadas a buscar caminos nuevos sin renunciar a sus raíces. En cada templo, la presentación de la parroquia permitió mirar al pasado para comprender el presente y preguntarse por el futuro. En Losilla de Alba, por ejemplo, la atención se detuvo también en la riqueza de su patrimonio, con su retablo del siglo XVI y su cruz parroquial de platería zamorana. En Marquiz de Alba, última parada del día, la acogida adquirió un carácter especialmente expresivo, con alfombras rojas a la entrada y obras de temática religiosa preparadas para recibir al obispo. La primera jornada dejaba ya una de las enseñanzas que Fernando Valera repetiría durante los días siguientes: el valor de una comunidad cristiana no se mide exclusivamente por el número de personas que la integran. En cada pequeño pueblo permanece una parte de la Iglesia diocesana y, con ella, una historia de fe que merece ser escuchada, acompañada y cuidada.   Jueves, 3 de septiembre | Patrimonio, mayores y corresponsabilidad La segunda jornada fue una de las más intensas. El itinerario comenzó en Losacio, siguió por Vegalatrave y Losacinoy, ya por la tarde, condujo al obispo hasta Muga de Alba, Carbajales de Alba y Manzanal del Barco. En Losacio, Fernando Valera fue recibido por numerosos vecinos, junto al alcalde, Manuel Fernández Caballero, y los mayordomos vinculados a la Virgen del Puerto, una devoción profundamente arraigada en la localidad. Allí volvió a hacerse visible el contraste demográfico que afecta a la comarca: de una población que superaba ampliamente el medio millar de habitantes a mediados del siglo XX a una comunidad hoy muy reducida. El obispo recordó además el incendio de 2022, que llegó muy cerca de la ermita de la Virgen del Puerto sin alcanzarla, y agradeció el esfuerzo de quienes continúan manteniendo viva la parroquia. En Vegalatrave, historia y patrimonio ocuparon buena parte de la conversación. La fachada de inspiración neogótica del templo contrasta con el retablo barroco dedicado a San Lorenzo, cuya conservación continúa siendo uno de los retos de la parroquia. También se habló de las campanas y de la necesidad de seguir buscando fórmulas que hagan posible preservar un patrimonio que pertenece a la memoria religiosa y cultural del pueblo.La iglesia de Losacino estaba prácticamente llena para recibir al obispo. Allí se recordó la transformación experimentada por el pueblo con la construcción del salto de Ricobayo y el traslado de su ubicación durante el siglo XX. El cuidado del templo de San Pelayo mereció la felicitación de Fernando Valera, que volvió a animar a vivir el futuro desde la fe, la esperanza, el compromiso y la alegría. Uno de los encuentros patrimonialmente más significativos tuvo lugar en Muga de Alba. La iglesia de Santa Eulalia conserva unas singulares pinturas murales y decoraciones renacentistas recuperadas parcialmente a partir de 2018. El obispo pudo conocer también el sistema de conservación preventiva instalado para controlar parámetros como la temperatura, la humedad o la luminosidad. La comunidad aprovechó su presencia para invitar formalmente a Fernando Valera a regresar en mayo de 2027, cuando se conmemorarán los 75 años de la cofradía de la Virgen de Fátima. Pero la visita pastoral quiso salir también de los templos. En Carbajales de Alba, Fernando Valera visitó la residencia de mayores, donde saludó personalmente a los residentes, compartió un momento de oración y bendijo a la comunidad. Entre ellos estaba Antonio, de 102 años. Después se acercó al centro de salud y a las instalaciones de Fundación Personas, donde usuarios y trabajadores lo recibieron con especial cariño y le mostraron parte del trabajo que realizan diariamente. Ya en la parroquia de Carbajales, la historia de la Virgen de Árboles, el patrimonio religioso, el bordado tradicional y la propia evolución demográfica de la localidad sirvieron para poner palabras a una realidad compartida por toda Alba. Ante ella, el obispo insistió en una de las principales claves pastorales de estos días: la disminución del número de sacerdotes no puede conducir a la desaparición de la vida comunitaria, sino que exige avanzar hacia nuevas formas de presencia y acompañamiento, con una participación creciente de los laicos, los diáconos permanentes, los futuros ministerios laicales y las comunidades evangelizadoras. La jornada concluyó en Manzanal del Barco, con el templo lleno para celebrar la Eucaristía. La memoria del antiguo pueblo, el río Esla, la histórica barca que dio nombre a la localidad y la evolución de su comunidad volvieron a unir pasado y presente. Después de la celebración hubo tiempo para el encuentro directo con los vecinos. Viernes, 4 de septiembre | Alba Sur: cada comunidad cuenta El viernes comenzó la visita a Alba Sur. Siete pueblos formaron parte del recorrido: Vide de Alba, El Castillo de Alba, Videmala, Cerezal de Aliste, Pino del Oro, Bermillo de Alba y Fonfría, donde la jornada concluyó con la celebración de la Eucaristía. Si durante los días anteriores la despoblación había estado presente en muchas conversaciones, esta jornada permitió verla todavía con mayor claridad. En Vide de Alba, en torno a una docena de vecinos, algunos de ellos hijos del pueblo desplazados expresamente para la ocasión, esperaban al obispo junto al alcalde. El reducido número de asistentes no restó intensidad al encuentro. Los niños presentes preguntaron directamente a Fernando Valera por la misión de un obispo y por el sentido de la visita, mientras algunos de los mayores recuperaban fotografías antiguas que permitieron recorrer la memoria del pueblo y de su comunidad cristiana. La siguiente parada, El Castillo de Alba, hizo todavía más visible esa realidad. Apenas tres o cuatro personas mantienen allí su residencia habitual durante todo el año. La acogida fue, precisamente por ello, especialmente sencilla y significativa: el pequeño grupo se reunió en el templo para rezar y compartir un tiempo con el pastor de la diócesis. El recorrido prosiguió por Videmala, Cerezal de Aliste, Pino del Oro y Bermillo de Alba. En cada una de estas comunidades volvió a repetirse el diálogo entre raíces, realidad actual y futuro: la historia de las parroquias y sus devociones, el esfuerzo de los vecinos por conservar las iglesias y la pregunta inevitable sobre cómo mantener una presencia eclesial estable cuando las comunidades son cada vez más pequeñas. La Eucaristía celebrada en Fonfría cerró la jornada. No se trataba simplemente del último acto del día. La celebración eucarística ha sido uno de los hilos conductores de toda la visita y enlaza además con el objetivo pastoral que la diócesis quiere trabajar especialmente durante el próximo curso. En torno a la mesa del altar, comunidades diferentes se reconocen formando una misma Iglesia, más allá del tamaño de cada pueblo o de la frecuencia con la que un sacerdote pueda estar presente. Sábado, 5 de septiembre | De la devoción a la caridad y de la caridad a la Eucaristía La tarde del sábado estuvo dedicada a Carbajosa de Alba y Villalcampo. En Carbajosa, los vecinos acogieron con sencillez a Fernando Valera y compartieron con él su interés y preocupación por la recuperación del retablo parroquial, un proyecto en el que la propia comunidad viene trabajando. Una vez más, el patrimonio apareció durante la visita no únicamente como una cuestión económica o artística, sino como parte de la historia de fe recibida de las generaciones anteriores y que corresponde transmitir a las siguientes. Antes de llegar a Villalcampo, la comitiva realizó una parada en la ermita de la Virgen de la Encarnación, situada entre ambas localidades. Las mayordomas recibieron allí al obispo y le explicaron la profunda devoción que existe en la zona hacia esta advocación mariana, una de las conocidas popularmente como las «Siete Hermanas». El encuentro concluyó con el rezo de la Salve. Desde la ermita, Fernando Valera se dirigió a la residencia de mayores Virgen de la Encarnación, donde saludó a los residentes y compartió con ellos unos momentos antes de trasladarse a la parroquia de San Lorenzo de Villalcampopara presidir la Eucaristía. Ermita, residencia y parroquia dibujaron así, casi sin pretenderlo, una síntesis de la vida cristiana que ha atravesado toda la visita: la devoción que alimenta la fe, la atención a las personas —especialmente a los mayores— que la convierte en caridad y la Eucaristía que reúne de nuevo a la comunidad. Domingo, 6 de septiembre | Veintidós cruces para una sola Iglesia La última jornada comenzó en San Pedro de las Cuevas, una de las parroquias más pequeñas de la diócesis. El pueblo cuenta con apenas una decena de habitantes censados y todavía menos permanecen en él durante el invierno. Sin embargo, alrededor de una docena de personas se reunió para recibir al obispo, algunas llegadas expresamente desde fuera. Fue un encuentro sencillo en una localidad enclavada junto al Esla y rodeada por un paisaje que forma parte inseparable de su identidad. En el interior del pequeño templo, Fernando Valera compartió la oración con los vecinos, contempló algunos de sus bienes religiosos y volvió a explicar el sentido de la visita pastoral: encontrarse personalmente con el Pueblo de Dios, también —y quizá especialmente— allí donde ese pueblo está formado por muy pocas personas. Desde San Pedro de las Cuevas, la jornada regresó a Carbajales de Alba, convertida esta vez en punto de encuentro de las 22 parroquias visitadas durante estos días. Antes de la celebración, Fernando Valera fue recibido en el Ayuntamiento por el alcalde, Roberto Fuentes Gervás, y miembros de la corporación municipal. Tras unas palabras de bienvenida y la bendición del obispo, comenzó el recorrido hacia la iglesia. Una flauta y un tamboril, interpretados por un vecino ataviado con el traje tradicional, encabezaron el camino de autoridades y representantes eclesiales. En el templo esperaba la imagen que resumiría toda la visita: las 22 cruces procesionales de las parroquias de Alba Norte y Alba Sur. Una a una entraron en procesión mientras la iglesia, completamente llena, recibía a fieles llegados desde los distintos pueblos. Las cruces ocuparon los primeros bancos formando lo que el párroco, Ángel Carretero, describió como un auténtico «bosque de cruces», signo de esperanza para la Iglesia que peregrina en esta tierra. Ángel Carretero y el vicario parroquial, Agustín Crespo Casado, fueron nombrando una a una las comunidades. Al escuchar el nombre de cada parroquia, su cruz era levantada. Comunidades de diez, treinta, cien o varios centenares de habitantes quedaban así situadas en un mismo plano: distintas en su historia y en su realidad, pero pertenecientes a una única Iglesia. Fernando Valera resumió en la homilía lo vivido durante estos cinco días. Visiblemente emocionado en algún momento, explicó que la visita pastoral constituye uno de los momentos más importantes y hermosos del ministerio de un obispo. Desde la Palabra de Dios proclamada este domingo volvió a insistir en la corresponsabilidad en la vida de las comunidades cristianas, en la corrección fraterna y, por encima de todo, en el amor como signo distintivo del discípulo de Cristo. Hubo también palabras de agradecimiento para los sacerdotes, para quienes colaboran diariamente en las parroquias, para los representantes municipales y para todos los que han abierto las puertas de sus pueblos durante estas jornadas. El encuentro continuó después de la Eucaristía con un tiempo de convivencia. El salón cedido por el Ayuntamiento y la propia plaza acogieron a numerosos asistentes antes de despedir al obispo con un nuevo aplauso. Una visita que no termina al marcharse el obispo Con la celebración de Carbajales concluye la visita pastoral a las 22 parroquias de Alba, pero no el camino abierto durante estos días ni la visita al conjunto del arciprestazgo de Aliste-Alba, que continuará posteriormente por las comunidades de Aliste. Lo sucedido desde el miércoles deja preguntas que no terminan con la marcha del obispo. Cómo transmitir la fe cuando apenas quedan niños; cómo acompañar comunidades muy dispersas; cómo conservar un patrimonio construido para pueblos que tuvieron muchos más habitantes; cómo afrontar la reducción del número de sacerdotes; y, especialmente, cómo hacer efectiva la responsabilidad que nace del Bautismo para que la vida de la Iglesia no dependa exclusivamente del sacerdote. Pero la visita ha dejado también respuestas. Están en quienes siguen abriendo cada semana las puertas de una iglesia aunque sean pocos; en quienes limpian, preparan las flores, leen, cantan o custodian las llaves; en las mayordomas y cofradías que mantienen las devociones recibidas; en quienes regresaron estos días a sus pueblos para encontrarse con el obispo; en los mayores que conservan la memoria y en los niños que todavía preguntan. Alba ha mostrado durante cinco días sus dificultades, pero también una fe que permanece. Y las 22 cruces reunidas este domingo en Carbajales han ofrecido quizá la mejor catequesis de toda la visita: ninguna de estas pequeñas parroquias camina sola.   HOMILÍA DEL OBISPO EN LA MISA ESTACIONAL DE LA VISITA PASTORAL A LA COMARCA DE ALBA   Hermanos y hermanas de la querida zona de Alba, ¡paz y bien en el Señor! Concluir esta visita pastoral es, ante todo, dar gracias a Dios por el latido vivo de nuestras comunidades, por vuestra fe sencilla, por vuestras manos abiertas y acogedoras. Al caminar por vuestros pueblos, por vuestros caminos de arraigo y esperanza, he palpado esa Iglesia cercana que no teme mostrar el rostro amoroso de Dios. La Palabra que hoy nos regala el Señor nos muestra la belleza y el desafío de la caridad fraterna, esa que brota directamente del misterio insondable de la Trinidad: un Dios que es comunión, amor entregado y derramado. San Pablo nos lo recuerda con la fuerza de la verdad: toda la Ley encuentra su plenitud en un solo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor no es una teoría bonita para los días de fiesta; es el suelo sagrado donde pisa nuestra convivencia diaria en los pueblos de esta tierra de Alba. Y Jesús, en el Evangelio de Mateo, nos lleva de la mano a lo concreto, a la carne de nuestras relaciones. Nos habla de la corrección fraterna. ¡Qué fácil es hablar por detrás y qué difícil es mirar a los ojos con amor! El Señor nos enseña un camino limpio y valiente: si tu hermano falla, ve y habla con él a solas. No para ajustar cuentas, no para alimentar el orgullo herido, sino movidos por la urgencia del amor. Como nos recordaba san Agustín con tanta agudeza: “el que ofende ya se ha hecho una herida grave a sí mismo”. ¿Cómo vamos a mirar hacia otro lado? Tú puedes olvidar la ofensa que te hicieron, pero jamás puedes ser indiferente ante la herida que desgarra el alma de tu hermano. Esta responsabilidad recíproca es el termómetro de nuestra madurez cristiana. La corrección fraterna, vivida con esa gradualidad que nos marca Jesús —primero a solas, después con testigos, finalmente en el corazón de la comunidad—, no es exclusión, es el grito desesperado y tierno de la misericordia que busca rescatar al que se pierde. Requiere, es verdad, una inmensa humildad, la misma sencillez de corazón que caracteriza a esta tierra noble y trabajadora. Nadie está libre de caer; por eso todos necesitamos ser corregidos y todos estamos llamados a ser custodios de la fe y de la vida del otro. A este tejido fino de la caridad se une el milagro de la oración en común. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La oración en la intimidad del hogar es indispensable, sí, pero el Señor nos pide que nos ejercitemos en la sinfonía de la concordia. Una comunidad desunida es una contradicción viva del Dios Trinitario. Ejercitarnos en la oración comunitaria es afinar nuestros corazones para que suenen al unísono, formando un solo acorde de alabanza y súplica que sube al cielo. La visita pastoral ha sido, ante todo, un ejercicio de cercanía y de escucha. No se trata únicamente de conocer templos, estructuras o necesidades materiales, sino de entrar en contacto con la vida concreta de cada comunidad: rezar juntos, celebrar la fe, escuchar vuestras dificultades y esperanzas y animar a quienes, muchas veces en poblaciones pequeñas y envejecidas, continúan sosteniendo con fidelidad la vida cristiana. Durante estas jornadas ha habido momentos de oración y celebración de la eucaristía, encuentros con las comunidades parroquiales, con sus responsables y con los alcaldes. Muy entrañable han sido las visitas a personas mayores o enfermas que no pueden participar habitualmente en la vida de la parroquia. Para mí este tiempo ha supuesto la experiencia del pastor que se acerca, escucha y acompaña. También la oportunidad para agradecer el compromiso de sacerdotes, diáconos permanentes, laicos y comunidades que, en medio de las dificultades propias del mundo rural, siguen buscando nuevas formas de vivir, compartir y transmitir la fe. Esta visita pastoral a la comarca de Alba es el soplo fresco del Espíritu que enciende de nuevo el compromiso en vuestras parroquias y nos invita a vivir la Eucaristía como “fuente y culmen de la vida cristiana”. Que María santísima, Madre de la Iglesia, aquí Ntra. Sra. de Árboles y en tantas advocaciones de la zona, interceda por nosotros. Que ella nos enseñe a corregir con amor, a orar con un solo corazón y a caminar juntos por los senderos de la historia sabiendo que, en medio de nuestras fragilidades, Él está aquí, habitando nuestra comunión. Que Dios os bendiga.    
07/09/2026más info
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