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Con motivo del 125º aniversario de La Opinión de Zamora
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Con motivo del 125º aniversario de La Opinión de Zamora

30/05/2022

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Con motivo del 125º aniversario de La Opinión de Zamora

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Caminar juntos en la búsqueda de la Zamora que queremos

Cualquier efeméride de una persona, pueblo o institución es siempre una oportunidad para agradecerle el camino realizado, valorar las bondades de su presente y desearle un futuro esperanzador. Bien lo sabe nuestra iglesia diocesana que acaba de celebrar los 900 años de su restauración por el obispo Perigord. Ahora llega el momento de conmemorar los 125 años de historia de La Opinión-El Correo de Zamora y agradecer su dilatada trayectoria, reconocer su contribución a la construcción de una sociedad zamorana más libre y desearle el mejor de los horizontes posibles.

Hoy, aprovechando la oportunidad que nos brinda el aniversario de este periódico, como obispo de la diócesis de Zamora, quiero unirme a las sinergias de cuantos amamos esta tierra para mirar al futuro y compartir con toda la sociedad zamorana la riqueza que emana del Evangelio. Porque, aunque de origen divino, como institución humana la Iglesia también puede y debe decir una palabra en aras de la construcción de una Zamora más habitable y próspera. Porque, como dice el papa Francisco, “el lugar de la Iglesia está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo”. Y debemos pensar que esa presencia eclesial no puede ser de cualquier manera, como si de una simple entidad comercial o de servicios se tratara, sino que debe encarnarse con una especial cercanía, basada en el cuidado y la fuerza transformadora de la ternura, porque como bautizados estamos llamado a ser “signo de la irrupción del Reino de Dios en el hoy de la historia”.

Frente a la recurrente tentación de la indiferencia, del olvido o de la tristeza, la iglesia diocesana, integrada por un ingente grupo de laicos, religiosos y sacerdotes, quiere seguir ofreciéndose como antídoto contra la fatalidad y, desde la experiencia de una fe vivida como regalo, contagiar la esperanza que produce el encuentro con Jesucristo para construir así un proyecto sostenido en la dignidad de sus personas y de su pueblo. Aunque nuestra tierra ocupe las periferias del país, sufra la pérdida continua de población, vea cómo son pocos sus jóvenes y muchos sus mayores o sienta la tentación de la derrota de los números y del desánimo por tantas promesas incumplidas, Zamora tiene presente y futuro, se reconoce solidariamente como un pueblo profundamente arraigado en sus tradiciones culturales y goza de unas hondas raíces religiosas que, como no puede ser de otra manera, le abren a la convicción de que Dios, desde siempre, ha sido, es y será fiel a su promesa porque no abandona nunca lo que ha creado, sino que lo recrea una y otra vez. Por eso esta tierra y sus gentes tienen que construirse sobre la confiada esperanza en la promesa de la Salvación, también de la salvación histórica. Porque Dios va adelante y no se cansa. Mancha sus pies de polvo. Escucha, guía y calienta el corazón como lo hizo con los discípulos de Emaús. Como relata Mateo en el capítulo 18, cuando el pastor llega a casa y se da cuenta de que le falta una oveja vuelve a buscarla, sin desfallecer, por pura fidelidad. Porque Dios nos quiere infinitamente, por pequeños que seamos. Es más, cuanto más pequeños más nos cuida y nos invita a cuidar.

Junto a la convicción de que Dios está desde siempre y estará para siempre, como obispo invito a todos los católicos y gentes de buena voluntad a que participe “cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común” (CIC nº 1913) y a construir así esa Zamora que todos anhelamos. Uno de los errores que se ha instalado en nuestro actual estilo de ser y de hacer ha sido alejarse del compromiso con la vida pública, como si no fuera tarea de todos y perteneciese solo a unos pocos. Esa despreocupación por las cosas comunes ha desactivado el extraordinario potencial de transformación personal y social de otras épocas. Es pues necesario revisar las inercias que nos desafectan y participar con renovada ilusión en la recuperación de esas estructuras debilitadas y, si fuera el caso, en la creación de otras nuevas que permitan la promoción de unas mejores condiciones para la vida presente y futura de nuestra gente.

La Iglesia quiere seguir sirviendo a Zamora con creatividad y dedicación porque, como apuntara el Vaticano II, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”. Subraya el papa Francisco en Evangelii gaudium que no podemos ser cristianos “manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor, Jesús quiere que toquemos la miseria humana”, por eso allí donde haya vida habrá un catequista, un celebrante de la Palabra, un sacerdote o un voluntario para acompañar la fe, cultivar la esperanza y extender la caridad.  

Como obispo considero que la situación de nuestra ciudad y provincia nos obliga a todas las instituciones, de iniciativa pública o privada, a trabajar coordinadamente y con entusiasmo para afrontar los grandes retos que se nos plantean como pueblo. La Iglesia de Zamora quiere estar ahí, en diálogo con el mundo, para contribuir a que juntos alcancemos ese anhelo inscrito a fuego en el corazón del hombre, que no es otro que la felicidad, que empieza en el aquí-ahora y culmina en el más allá de Dios.

Cabría pensar erróneamente que solos iríamos más rápidos, pero lo cierto es que solo juntos llegaremos al destino. Quizá el proceso de sinodalidad (“hacer camino juntos”) en el que la Iglesia está inmersa, puede ser un buen modelo a exportar para que todos los agentes sociales, políticos y económicos perciban la necesidad de unir esfuerzos, compartir talentos y, más allá de personalismos y partidismos, caminar juntos en la búsqueda de la Zamora que queremos.

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