14/04/2019

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Iglesia en Zamora 296

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            Muy queridos amigos: Robustecidos por la alegría que se nos comunicó hace ya ocho días participando en la Vigilia Pascual, vivimos este Tiempo de la Pascua, celebrando la victoria de Jesús sobre el sufrimiento, el pecado y la muerte con su Resurrección, por la fuerza vivificante del Padre Dios, que lo exaltó, rehabilitó y glorificó junto a sí, confiriéndole plenamente el único nombre en que se nos otorga el amor, la gracia y la vida de Dios.   Por lo cual, quiero haceros llegar, a todos y cada uno, mi felicitación por esta Pascua.

                A partir del Domingo de Pascua se desarrollan en los más diversos lugares de nuestra diócesis múltiples y variadas celebraciones en las cuales los cristianos manifestamos nuestra fe católica a través de la piedad o religiosidad popular.   Como se muestra en la abundancia de convocatorias festivas que durante la Cincuentena Pascual, en el mes de junio, incluso durante el tiempo estival, se promueven y realizan en torno a la veneración a nuestras advocaciones marianas, y la invocación a los santos vinculados a títulos patronales o labores de la vida cotidiana, como la bendición de los campos.

                Por ello es conveniente que valoremos adecuadamente nuestra multiforme y arraigada piedad popular, que es una de las señas de identidad de la particular vivencia de la fe en nuestra Iglesia diocesana, como lo destacamos en este Curso pastoral asumiéndola como uno de los desafíos para la evangelización de los hombres y mujeres de nuestra tierra zamorana.   De ahí que todos nos sintamos interpelados a acercarnos a esta expresión de la fe con las actitudes con que Cristo se hizo presente en medio de las gentes: motivados y ejercitando sentimientos, palabras y gestos de amor pastoral.

                Esto significa que hemos de comprender la piedad popular como la peculiar y creativa encarnación cultural de la fe cristiana en nuestra Iglesia y sociedad, reconociendo que ha sido el Espíritu Santo del Resucitado, que actúa dinámica y continuadamente en el conjunto del pueblo cristiano, quien ha alentado, guiado y capacitado a los creyentes de ayer y del presente para generarla, modelarla, cultivarla y transmitirla en su diversidad y belleza de acciones, lugares y objetos que la conforman.

                Como es una expresión cristiana particular ha de realizarse en consonancia con el contenido integro de la fe católica, estando abierta a su permanente purificación, renovación y adecuación al sentir y hacer de la Iglesia diocesana, evitando ser absolutizada y aferrarse en sus formas concretas.   A la vez requiere que el desarrollo de todas sus manifestaciones se prepare con esmero, celebrándose con espíritu creyente, viviéndose en amistad, concordia y solidaridad, fomentando el bien común y la justicia social, y sirviendo de cauce, muy idóneo y aprovechable, para la evangelización, ya que para muchos puede ser el único engarce con la persona de Cristo y la vida de la Iglesia.

                                                                                                      +Gregorio Martínez Sacristán

Obispo de Zamora

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