Vida Consagrada

02/02/2021

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LA VIDA CONSAGRADA PARÁBOLA DE FRATERNIDAD EN UN MUNDO HERIDO

El hoy santo papa Juan Pablo II decidió que cada 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, se celebrara la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, la actual cumple el número 25. El objetivo era y es doble: por una parte interesar y comprometer a la comunidad cristiana en la vida y en la misión de este sector importante de la Iglesia, que contribuye a que esta sea una familia variada y rica en rostros y matices en su única misión; por otra animar a los propios consagrados a crecer y a profundizar en la vivencia de su propia vocación.

Desde los primeros siglos de la Iglesia surgieron cristianos que se sentían llamados a vivir las bienaventuranzas en radicalidad, la respuesta a esta llamada se fue institucionalizando a través de unos votos y de una organización concreta de su forma de vida. Ello ha dado lugar a un enorme árbol, la Vida Consagrada, con una amplísima variedad de ramas con denominaciones, carismas y categorías canónicas diferentes.

Nuestra diócesis ha sido rica en presencia de consagrados y consagradas. En las últimas décadas han desaparecido varias comunidades, pero aún se mantiene una importante presencia. En la Vida Consagrada Contemplativa, toda femenina, hay 13 comunidades y 146 monjas. Y en la Vida Consagrada Apostólica (en varias de sus especificaciones jurídicas) están presentes 30 pequeñas comunidades, en su mayoría también femeninas, con alrededor de 240 miembros.

El lema propuesto para la jornada actual “La Vida Consagrada, parábola de fraternidad para un mundo herido”, tal vez pueda sonar a literatura vacía, pero encierra un profundo significado y, sobre todo, una llamada de atención a los propios consagrados para tratar de vivir y mostrar eso que forma parte de su misión: ofrecer un testimonio de vida alternativa a la que el mundo presenta, ser testigos de un mundo futuro.

El mundo siempre, y también ahora, sufre profundas heridas de todo tipo (abandono, injusticia, falta de sentido, desamor, enfermedad, marginación, abuso de poder, violencia…). Los fundadores de los institutos religiosos se sintieron golpeados en su momento por esas heridas, más bien por los hijos de Dios heridos y sufrientes, y decidieron convertirse en samaritanos desde una consagración a Dios y viviendo en fraternidad. Hoy sus seguidores están llamados a continuar esta tarea en la sanidad, la educación, la pastoral, la asistencia… y en la oración y la alabanza a Dios como servicio a los pobres de este mundo, viviendo la fraternidad en el interior de sus casas, hacia las otras comunidades, con las que forman una familia, y también hermanos de los hombres y mujeres en la Iglesia y en el mundo. Experimentando con humildad las heridas de sus propias comunidades y de la misma Iglesia, tocadas por la precariedad, pero firmes y fieles por la certeza de la Presencia de quien los ha llamado.

La jornada nos invita a todos a valorar, a apoyar y a orar por los hijos e hijas consagrados en la Iglesia, presencia que sentimos necesaria.

Agustín Montalvo
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