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Meter cizaña

19 - julio - 2020

Meter cizaña

Todos conocemos la expresión que da título a este artículo. Es lo que sucede en el evangelio de hoy. “Un enemigo lo ha hecho”, dice el dueño del campo. Y es que esto de meter cizaña ha estado siempre de moda y forma parte de nuestra condición pecadora, heridos por el pecado original. Si en una conversación podemos colar de rondón un comentario un poco malévolo sobre la persona de la que se está hablando, lo hacemos y nos quedamos tan agusto.

En fin, la cizaña del pecado crece unida al trigo de la gracia y, a veces, en un afán quijotesco de santa pureza nos ciega el afán de adelantar la hora de la siega, queriendo arrancar de una vez por todas la cizaña —los malos, que siempre son los otros— de la faz de la tierra. Y no nos damos cuenta de que queriendo hacer un bien —arrancar la cizaña— podemos hacer un mal —arrancar el trigo antes de que esté maduro.

Por eso hay que esperar, tener paciencia y aguante, suspender el juicio, confiar en el plan de Dios. Decía el hermano carmelita fray Lorenzo de la Resurrección, recogiendo la tradición de los antiguos Padres del desierto: si Dios permite que los pecadores no se conviertan, ¿quién eres tú para juzgarles? Quizás por eso, en el evangelio de este domingo, entre la parábola del trigo y la cizaña y su explicación, se intercalan dos parábolas que los estudiosos llaman “de crecimiento”: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura. En efecto, el reino de los cielos es una realidad misteriosa que va creciendo poco a poco, inesperadamente, sorprendentemente, sin que nosotros sepamos cómo y que nos supera por completo.

Es como si el Señor nos quisiera decir con este conjunto de parábolas que a pesar de la cizaña del mundo, a pesar de la cizaña que nosotros también metemos, su plan sigue siempre adelante, en un progreso siempre continuo hasta que Dios despunte en todas las cosas. Y nos viene muy bien hacer esta consideración ahora que estamos viviendo este tiempo de tanta incertidumbre, con esta crisis de la COVID-19, en la que parece que no remontamos y que ni tan siquiera somos capaces de arrancar la cizaña de campo del mundo.

El Señor quiere consolarnos con esta parábolas, que son su Palabra. San Macario de Egipto, un monje que murió hacia el año 390 y que vivió sesenta años en el desierto escribía lo siguiente: “desde el día en que Adán fue creado hasta el fin del mundo, el Maligno sin descanso alguno hará la guerra a los santos. Sin embargo, son ahora pocos los que se dan cuenta de que el devastador de las almas cohabita con ellos en su cuerpo, muy cerca del alma. Están atribulados y no hay en la tierra nadie que pueda confortarlos.

Por eso miran al cielo y ponen en él su esperanza con el fin de recibir algo dentro de sí mismos. Y por esta fuerza, y gracias a la armadura del Espíritu, vencerán”.

 

José Alberto Sutil Lorenzo

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