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Las benedictinas celebran a San Benito, su fundador
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11/07/2023

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Las benedictinas celebran a San Benito, su fundador

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La comunidad de monjas benedictinas del Monasterio de la Ascensión de Zamora ha querido celebrar hoy esta memoria con una eucaristía presidida por el Sr. Obispo, D. Fernando Valera, y un ágape posterior.

San Benito es fundador de la orden benedictina y patrono de Europa. Su vida se refleja fielmente en la “Regla”, cuyo espíritu se resume en el lema “Ora et Labora”. En estas palabras San Benito, cuya memoria es celebrada hoy indica a los monjes los pasos a seguir en su camino.

La Regla consta de un Prólogo y 73 capítulos. En ella está admirablemente sintetizada toda la tradición monástica. La Regla ordena toda la vida de los monjes, orientándola hacia la oración, encuentro personal e íntimo con Dios. En el último capítulo de su Regla, San Benito muestra el alcance de la misma: "mínima regla de iniciación", que es, sin embargo, un instrumento poderoso para transformar los corazones, imitando a Cristo y agradando a Dios, y que lleva a quienes la practican fielmente a las puertas del encuentro amoroso con Dios.

El Monasterio de la Ascensión de Zamora 

El monasterio se fundó en 1961. El edificio en el que actualmente viven las monjas acabó de construirse en 1979. Se encuentra situado a dos kilómetros de la ciudad de Zamora, en la margen izquierda del Duero. De las monjas fundadoras, unas proceden del Monasterio de Vega, –Valladolid– (siglo X), otras de Santa Cruz de Sahagún –León– (siglo XVI). Pero la comunidad actual está formada por miembros de distintas partes de España e Iberoamérica. 

 

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La diócesis de Zamora ha celebrado esta mañana en el teatro del Seminario San Atilano, la sexta edición de los Premios San Atilano. El obispo, Fernando Valera, ha entregado los galardones al teniente coronel Héctor David Pulido García, antiguo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Zamora, en la categoría social, y al colectivo de trabajadores y trabajadoras del programa de apertura de monumentos de la diócesis, en la categoría eclesial. La gala ha reunido a autoridades civiles y militares, miembros del Consejo de Gobierno diocesano, representantes de asociaciones y cofradías, y medios de comunicación, en un acto de reconocimiento a dos formas de servicio que contribuyen al cuidado de las personas y del patrimonio: la seguridad y la acogida. En su intervención, Valera ha situado el sentido de estos premios en la necesidad de reconocer y proponer ejemplos de entrega al bien común. «El bien que hacemos nos va construyendo como personas y, por supuesto, como cristianos», ha afirmado. El obispo ha señalado que los premiados representan lo mejor de la tierra y de la Iglesia zamoranas y ofrecen una referencia para toda la sociedad. Asimismo, ha recordado la responsabilidad de la diócesis de ofrecer una palabra que aliente, transmita esperanza y dé voz a quienes no la tienen. Una palabra que, en una jornada como esta, sea también de alegría y ayude a mirar al futuro con confianza. Al dirigirse a Héctor David Pulido, el obispo ha evocado la llegada de ambos a Zamora y el vínculo construido desde entonces con esta tierra. Ha agradecido su cercanía a la Iglesia diocesana, tanto en los momentos felices como en las situaciones difíciles, y ha destacado su manera de ejercer la responsabilidad: firme y comprensiva, leal y valiente, atenta y comprometida. El premio social reconoce su servicio al frente de la Comandancia de Zamora desde 2020, su proximidad a la población y su atención a las necesidades de una provincia extensa y dispersa, especialmente en el medio rural. En sus palabras de agradecimiento, Pulido ha hecho extensivo el reconocimiento a los más de 600 hombres y mujeres de la Guardia Civil que prestan servicio en la Comandancia de Zamora. También ha expresado su profundo afecto por la provincia y ha compartido el significado que ha tenido para él su participación en las celebraciones religiosas, procesiones y romerías. «Aquí yo he escuchado a Dios por primera vez, en este silencio zamorano», ha señalado, al recordar una experiencia de fe que desea conservar en su nueva etapa. El galardón eclesial ha puesto el foco en quienes hacen posible que los templos diocesanos permanezcan abiertos y reciban a vecinos y visitantes. Su trabajo permite acercarse a un patrimonio que reúne siglos de historia, arte y devoción, y adquiere especial relevancia en las pequeñas localidades afectadas por la despoblación. Fernando Valera ha subrayado que esta tarea tiene una dimensión profundamente pastoral, porque la amabilidad, la paciencia y la dedicación de quienes reciben a los visitantes son también el rostro de la Iglesia. «Vosotros sois los guardianes de las llaves del tiempo», ha afirmado, agradeciendo su contribución al cuidado del patrimonio y a la acogida en los templos. Dos representantes han recogido el premio en nombre del colectivo. En su intervención, Rosy, trabajadora de la iglesia de San Ildefonso, ha extendido el agradecimiento a los compañeros que les precedieron en esta labor y ha explicado el compromiso con el que desempeñan su tarea: «En cada jornada, en cada llave que gira en la cerradura, ponemos alma y corazón». También ha recordado que su servicio une fe y cultura al mostrar los templos como espacios vivos de acogida. La apertura del acto ha estado a cargo del vicario general, Pedro Faúndez, quien ha destacado la importancia de reconocer y agradecer lo positivo dentro y fuera de la Iglesia. Su intervención ha presentado la acogida y la seguridad como dos servicios complementarios, sostenidos por personas concretas y necesarios para la vida de la provincia. Ha señalado, además, que los premios quieren ofrecer referentes de entrega, responsabilidad y compromiso con el bien común, en sintonía con los valores del Evangelio. La celebración ha contado también con acompañamiento musical, un dueto que ha interpretado obras de Schubert y Bach. La sexta edición de los Premios San Atilano ha concluido con un vino español en el claustro del Seminario San Atilano - Casa De la Iglesia.
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Fernando Valera preside en San Vicente la eucaristía de los Santos Ángeles Custodios
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El obispo, Fernando Valera, ha presidido este viernes, 2 de octubre, en la iglesia de San Vicente la eucaristía con motivo de la festividad de los Santos Ángeles Custodios, patronos de la Policía Nacional. Durante la homilía, ha agradecido el servicio de los agentes y ha destacado su responsabilidad en la protección de las personas, especialmente de las más vulnerables. También han participado en la celebración el vicario general, Pedro Faúndez, el canciller de la diócesis, Pedro Juan Martínez, y el párroco de San Vicente, Francisco Abad. La celebración ha sido una ocasión para recordar el sentido cristiano de esta festividad y reconocer la labor cotidiana de quienes velan por la seguridad y la convivencia. «Dios no nos deja solos en el camino de la vida», ha señalado el obispo, al explicar que los ángeles custodios son expresión de la providencia y del cuidado de Dios. Desde esta perspectiva, Fernando Valera ha establecido un vínculo entre la misión de los ángeles y el servicio policial: «Hay un espejo hermoso entre la misión invisible de los ángeles y la labor diaria, muchas veces también invisible y callada, que realizan nuestros agentes de seguridad». A partir del pasaje del libro del Éxodo en el que Dios promete enviar un ángel para guardar a su pueblo en el camino, el obispo ha señalado que custodiar significa guiar y proteger frente al peligro. Una tarea que ha relacionado con la vocación de los policías, cuya entrega y sacrificio diario responden a un verbo esencial: cuidar. En una sociedad que necesita paz, orden, justicia y convivencia, Fernando Valera ha destacado el valor de una presencia que «disipa el miedo, que socorre al vulnerable y que se antepone al mal y a la violencia». Asimismo, ha subrayado que el cuidado del prójimo encuentra una expresión concreta en el servicio y la protección. El obispo ha dado gracias por la seguridad, la estabilidad de las instituciones democráticas y el orden pacífico que hace posible la libertad. También ha reconocido las dificultades de una labor que no está exenta de riesgos, tensiones e incomprensiones. «Gracias a los miembros de la Policía Nacional, por vuestra profesionalidad, por vuestra generosidad y por tanto bien que hacéis», ha afirmado. La invitación de Jesús a mirar a los pequeños y a los indefensos ha centrado también su mensaje a los agentes, a quienes ha animado a perseverar en su misión. «Que vuestra presencia sea vista siempre por los ciudadanos como sinónimo de amparo, justicia, cercanía y respeto a la dignidad de cada persona», ha pedido. El prelado ha concluido invocando la protección de los Santos Ángeles Custodios en cada patrulla e intervención, y el amparo de la Virgen de la Concha sobre los miembros de la Policía Nacional, sus familias y toda Zamora. Homilía completa
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La Iglesia en Zamora pone el foco en los menores migrantes y refugiados
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La Iglesia celebra hoy, domingo 27 de septiembre, la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», la convocatoria de este año dirige especialmente la mirada hacia los niños, niñas y adolescentes migrantes, uno de los colectivos más vulnerables dentro de los procesos de movilidad humana. La Diócesis de Zamora se une a esta Jornada e invita a las comunidades cristianas y al conjunto de la sociedad a superar una visión de las migraciones reducida a estadísticas, porcentajes o debates políticos. Detrás de cada cifra hay una persona con un nombre, una historia, unos miedos y unas esperanzas que merece ser acogida, protegida y acompañada. El lema está inspirado en las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio de san Mateo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mt 18,5). Desde esta perspectiva, la acogida no se presenta únicamente como un gesto de generosidad, sino como una exigencia que forma parte del núcleo de la fe cristiana. En su mensaje para esta Jornada, los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana subrayan que «una sola vida tiene un valor infinito» y recuerdan que «un solo niño migrante, con su historia, sus miedos, sus esperanzas y sus heridas, merece toda la atención, toda la protección y todo el respeto». El documento advierte de las difíciles circunstancias que afrontan numerosos menores obligados a abandonar sus hogares a causa de la pobreza, la violencia, las guerras u otras situaciones de emergencia. Algunos emprenden viajes peligrosos sin la protección de sus familias y quedan expuestos a la trata, la explotación o la violencia. Otros encuentran, al llegar a su destino, barreras legales y sociales que dificultan su integración, mientras que muchos arrastran experiencias traumáticas, de duelo y de rechazo. Ante esta realidad, los obispos reclaman un cambio de mirada que permita reconocer a cada menor como una persona única. «Deja de ser un problema que gestionar para convertirse en una persona que acoger y con la que encontrarse», señala el mensaje. Humanizar la mirada resulta, por tanto, esencial para construir una sociedad más justa y evitar que la dimensión personal quede oculta detrás de los grandes datos sobre la migración.  De la compasión al compromiso La Jornada llama a no permanecer en una compasión meramente emocional, sino a transformarla en acciones concretas capaces de garantizar la seguridad, la educación, la salud, la protección familiar y el desarrollo integral de los menores migrantes. Este compromiso debe expresarse en diferentes ámbitos. En el plano personal, supone cuestionar prejuicios, informarse y acercarse a la realidad de quienes han tenido que dejar su país. En las comunidades cristianas, implica construir espacios acogedores que puedan convertirse en una nueva familia y en los que la diversidad sea reconocida como una riqueza. En el terreno institucional, exige políticas y estructuras que sitúen en el centro el interés superior del menor, favorezcan la reunificación familiar y garanticen oportunidades reales de integración. El papa León XIV recuerda que la hospitalidad no puede permanecer como un concepto abstracto ni ser delegada exclusivamente en organizaciones especializadas. Toda la comunidad cristiana está llamada a reconocer a estos menores como hijos propios y a acercarse a la historia concreta de cada uno. «Proteger a un menor significa, en última instancia, custodiar la huella divina impresa en él», afirma el Pontífice.  La celebración de esta Jornada interpela también a la Iglesia diocesana de Zamora y a cada una de sus comunidades sobre el lugar que ocupan las personas más vulnerables en sus prioridades pastorales. Acoger, escuchar, cuidar y acompañar son formas concretas de hacer visible una Iglesia cercana, fraterna y comprometida con la dignidad de toda persona. Los obispos concluyen su mensaje agradeciendo la labor de quienes ya caminan junto a los niños, niñas y adolescentes migrantes desde las comunidades eclesiales, las entidades sociales y los proyectos de acogida e integración: «No os canséis de ayudar, de acoger, de cuidar y de proteger». Vídeo de la Jornada: «Incluso uno solo de estos pequeños»
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Un centenar de representantes del clero, la vida consagrada y el laicado han participado en la Asamblea Diocesana, una jornada de reflexión y discernimiento que invita a construir una Iglesia viva, eucarística y samaritana. La diócesis de Zamora ha celebrado este sábado, 26 de septiembre, su Asamblea Diocesana, una jornada de encuentro, reflexión y discernimiento que marca el inicio del nuevo curso pastoral. La convocatoria ha reunido en el Colegio Medalla Milagrosa a cerca de un centenar de representantes de sacerdotes, religiosos y laicos, procedentes de las diferentes realidades territoriales y sectoriales de la Iglesia zamorana. La Asamblea ha dado continuidad al proceso sinodal que viene desarrollando la diócesis, situando este año la Eucaristía en el centro de su reflexión pastoral. El encuentro ha combinado tres comunicaciones, momentos de oración, espacios para el diálogo y una celebración eucarística presidida por el obispo de Zamora, Fernando Valera Sánchez. Una Iglesia que vuelve a echar las redes Tras la oración inicial, el obispo presentó su carta pastoral, titulada “La Eucaristía, epifanía del Espíritu que transforma el corazón”, en la que propone redescubrir este sacramento como fuente de renovación personal, comunitaria y misionera. Inspirándose en el capítulo 21 del Evangelio de san Juan, que relata el encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos después de una noche de pesca infructuosa, Fernando Valera invitó a la comunidad diocesana a superar el cansancio, el desaliento y la tentación de contemplar el futuro desde el pesimismo. Como aquellos discípulos, también la Iglesia está llamada a escuchar nuevamente la voz del Señor y a echar las redes desde la confianza en su palabra. El obispo insistió en que la fragilidad y las dificultades no constituyen necesariamente un obstáculo para la misión, sino que pueden convertirse en oportunidades para renovar el encuentro con Cristo. En este sentido, animó a los participantes a recuperar la pasión por el Evangelio y a comprender que la transformación pastoral comienza por la conversión personal. La Eucaristía ocupó el centro de su intervención, presentada no solamente como celebración litúrgica, sino como una experiencia transformadora que debe prolongarse en la vida cotidiana. Celebrarla con dignidad, vivirla con profundidad y prolongarla en la caridad constituye el horizonte pastoral propuesto para este curso. Fernando Valera subrayó especialmente la dimensión social de la Eucaristía y recordó que la comunión con Cristo resulta inseparable del compromiso con quienes sufren. Desde esta perspectiva, invitó a construir comunidades capaces de reconocer a Cristo en los pobres, los enfermos, los ancianos y las personas que experimentan la soledad o el abandono. El obispo recordó que la Eucaristía no termina cuando los fieles abandonan el templo. Es precisamente entonces cuando comienza a hacerse visible en el servicio, la fraternidad y la entrega a los demás. La Iglesia zamorana está llamada, por tanto, a convertirse en una comunidad que, alimentada por el mismo pan, sea también pan partido para el mundo. Presencia, comunión y servicio: un itinerario para renovar la vida diocesana La segunda intervención estuvo a cargo del sacerdote José Alberto Sutil Lorenzo. Sutil ofreció una reflexión teológico-pastoral para profundizar en la carta del obispo a partir de tres dimensiones inseparables del misterio eucarístico: la presencia que se cree, la comunión que se celebra y el servicio que se vive. Sutil recordó que la Eucaristía constituye, ante todo, una experiencia de fe y de encuentro personal con Cristo. Desde esta perspectiva, insistió en la necesidad de recuperar la adoración y la capacidad de asombro ante un misterio que no depende de la iniciativa humana, sino del don gratuito de Dios. En relación con la dimensión comunitaria, explicó que la Eucaristía no solo alimenta individualmente a los creyentes, sino que construye la propia Iglesia. Esta realidad debe inspirar también la renovación de las estructuras diocesanas y la configuración de las unidades pastorales-eucarísticas, entendidas no como una mera respuesta administrativa a la despoblación, sino como una oportunidad para fortalecer la comunión y la corresponsabilidad. El sacerdote dedicó especial atención a la relación entre la Eucaristía y el servicio a los más necesitados, recordando que el misterio celebrado debe prolongarse necesariamente en la caridad. En este sentido, destacó que el desafío pastoral consiste en pasar de una fe centrada exclusivamente en el cumplimiento religioso a una experiencia cristiana que transforme la vida y genere comunidades abiertas, acogedoras y misioneras. Sutil también recurrió a la historia y al patrimonio religioso zamorano, con referencias a las Sagradas Formas de Cabañales y a la custodia procesional de la Catedral, para mostrar cómo la fe eucarística ha configurado durante siglos la identidad espiritual y cultural de la diócesis. Su intervención permitió situar el horizonte del plan pastoral trienal. El primer año, que ahora comienza, estará centrado especialmente en la relación personal con Cristo, bajo la invitación evangélica «Permaneced en mí». Los siguientes profundizarán en la comunión eclesial y en el servicio. Tres dimensiones de un mismo misterio que no pueden separarse: creer, celebrar y vivir la Eucaristía. Recuperar el asombro ante la celebración eucarística La tercera comunicación estuvo a cargo del sacerdote Narciso Jesús Lorenzo, quien centró su intervención en la celebración de la Eucaristía y en las actitudes que deben acompañar a quienes participan en ella. Su reflexión se dirigió especialmente a tres destinatarios: los ministros que presiden la Eucaristía, quienes desempeñan los diferentes ministerios litúrgicos y el conjunto de los fieles que integran la asamblea celebrante. Narciso Jesús Lorenzo invitó a regresar a las celebraciones eucarísticas desde el asombro, recuperando la conciencia del misterio que se celebra y evitando tanto la autorreferencialidad como el clericalismo, actitudes sobre las que advirtió reiteradamente el papa Francisco. Insistió también en la necesidad de cuidar la liturgia, recordando que nada debería quedar a merced de la improvisación o la arbitrariedad, puesto que en ella se manifiestan la fe y el lenguaje orante de toda la Iglesia. Asimismo, destacó que quienes desempeñan ministerios como el lectorado o el acolitado deben hacerlo con una actitud de auténtica piedad. La intervención puso de manifiesto la importancia de redescubrir el protagonismo de Cristo en la celebración eucarística. En relación con los presbíteros, recordó que, al revestirse y disponerse para presidir la celebración, están llamados a experimentar una identificación profunda con Cristo, expresada en las palabras de san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». En cuanto a los fieles, subrayó que es el propio Cristo quien sale a su encuentro y los convoca a participar en el misterio eucarístico. Escuchar al Espíritu para caminar juntos Finalizadas las tres comunicaciones, los asistentes compartieron un tiempo de descanso y encuentro fraterno. A las doce del mediodía se retomó el programa con una oración animada por sor Concha, religiosa del Amor de Dios de Toro, que sirvió de preparación para uno de los momentos centrales de la jornada: la conversación en el Espíritu. Esta dinámica, característica del proceso sinodal, ofreció a los participantes la oportunidad de compartir sus reflexiones desde la escucha, la oración y el discernimiento comunitario. El objetivo fue favorecer un diálogo en el que las distintas sensibilidades y realidades de la diócesis pudieran reconocerse partícipes de una misma misión. Más allá de las reflexiones teológicas y pastorales desarrolladas durante la mañana, este espacio permitió trasladar a la experiencia concreta de los participantes la invitación a construir una Iglesia en la que la comunión, la participación y la corresponsabilidad sean elementos esenciales de su vida y de su acción evangelizadora. Una comunidad viva, eucarística y samaritana La Asamblea culminó con la celebración de la Eucaristía en la iglesia de San Torcuato, presidida por el obispo de Zamora. Durante su homilía, Fernando Valera recordó que es el corazón de Dios el que convoca a los creyentes, los abraza por medio del Espíritu y los invita a convertirse en una comunidad viva, eucarística y samaritana. El prelado señaló que las palabras de Jesús revelan el rostro de un Dios que es Padre y que no permanece indiferente ante las situaciones de sufrimiento. En un mundo en el que el mal convive con la belleza de la Palabra de Dios, Cristo se presenta como la respuesta divina a las heridas de la humanidad. Retomando algunas de las ideas fundamentales de su carta pastoral, insistió en que el encuentro con Cristo en la Eucaristía debe transformar la existencia de los creyentes y convertirlos en pan partido para los demás. En este sentido, recordó que uno de los grandes desafíos de la Asamblea es aprender a mirar con los ojos de Cristo a quienes más sufren, haciendo de la cercanía, la compasión y el servicio expresiones concretas de la fe. La celebración concluyó con una invocación a la Virgen María para que continúe acompañando a la Iglesia zamorana en este camino de discipulado y discernimiento. La jornada finalizó con una comida de fraternidad en el Seminario San Atilano, que permitió prolongar el encuentro y fortalecer los vínculos entre los participantes. Con esta Asamblea, la Diócesis de Zamora abre un nuevo curso pastoral con el propósito de seguir avanzando en la conversión personal y comunitaria, situando la Eucaristía como fuente de comunión, principio de renovación e impulso para una Iglesia comprometida con las necesidades de la sociedad.
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